HIMNO a SAN TORCUATO

HIMNO a SAN TORCUATO

HIMNOS a SAN TORCUATO patrón de Guadix Otro Himno menos conocido a SAN TORCUATO del año 1926, interpretado por el Coro de antiguos escolanos de la catedral de Guadix dirigidos por D. Jesús Blázquez Carrasco. Los autores de este himno son: Letra de D. Torcuato García FerrerMúsica de D. José Mínguez Jiménez LETRA del HIMNO … Leer más

HOMILÍA EN LA MISA PONTIFICAL DE LA SOLEMNIDAD DE SAN TORCUATO, OBISPO Y MÁRTIR PATRONO DE LA DIÓCESIS

Homilia-San-Torcuato

Excmo. Cabildo de la S.A.I. Catedral;
Hermanos sacerdotes;
Diácono y seminaristas.
Miembros de los institutos de vida consagrada;
Hermandad de San Torcuato;
Sr. Alcalde y miembros de la Excma. Corporación municipal;
Dignas autoridades.
Queridos hermanos y hermanas en el Señor.

La fiesta de San Torcuato, fundador y patrón de la diócesis de Guadix, nos invita un año más a volver a los orígenes de nuestra fe, que hunde sus raíces en la misma época apostólica. Si cada 15 de mayo es para nosotros una fiesta de la fe, este año con una nota muy especial al celebrar el Año de la fe. Esta fiesta ha de ser, por tanto, una nueva oportunidad para hacernos conscientes del don que supone la fe que recibimos del testimonio apostólico, y un momento para renovarla en el gozo de los que han experimentado el amor de un Dios que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (cf 1Tim 2,4-5). Como hemos rezado en la oración propia de esta solemnidad, le pedimos al Señor “ser dóciles a la fe recibida y fuertes para confesarla ante los hombres”

Celebrar la fe es, por una parte, expresar el agradecimiento del corazón por tanto bien recibido, es hacer memoria agradecida de las maravillas que Dios ha obrado en nosotros y en nuestro pueblo a lo largo de la historia; pero, al mismo tiempo, es una invitación a mirar al futuro con ojos de fe, a confiar en Dios que sigue guiando nuestros pasos en medio de una existencia donde conviven las alegrías y las esperanzas con las fatigas y los sufrimientos. La fe no es un objeto de museo, ni cuestión de añoranza de otro tiempo pasado que fue mejor; al contrario, la fe es aventura, la fe es pasión; la fe es entrega confiada, porque la fe es vida. Para ser creyente hay que atreverse. No se cree desde la comodidad o la seguridad; se cree desde el desprendimiento, la humildad y la pobreza. Cree el que no tiene miedo a lo nuevo, el que no quiere conservar por conservar; cree el que se introduce en el misterio de la misma condición humana porque está seguro que todo tiene un por qué, una razón, un sentido; cree el que deja hablar al interior, el que es capaz de escuchar, el que no entiende la vida como lucha sino como encuentro; cree el que sabe, o al menos presiente, que hay alguien que lo conoce, que lo escucha, que lo sostiene, que lo ama. Los cristianos no creemos en algo, creemos en alguien. En este sentido, no deja de ser curioso, que en las épocas de mayor increencia se extiende con más fuerza el culto a los diosecillos, a los ídolos que no pueden salvar, y es que el hombre, siempre, aunque no lo sepa, tiene sed del Dios vivo. Así lo han experimentado muchos hombres y mujeres a lo largo de la historia, sirva como ejemplo la confesión de San Agustín cuando afirma: “¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!, y ver que tú estás dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo más yo no lo estaba contigo. Me retenían lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti no serían. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y respiré, y suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed; me tocaste y me abrasé en tu paz”.

La Palabra de Dios que hemos proclamado ilumina esta fiesta que celebramos, como ilumina el misterio mismo de nuestra de fe, al tiempo que nos introduce en la paradoja que supone la vida en Cristo. En el texto evangélico hemos escuchado: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto”. Son palabras difíciles de entender en una cultura como la nuestra, pero también lo fueron en la época de Torcuato y sus compañeros, en el primer siglo de nuestra era. Para dar vida hay que morir, para dar fruto hay que sufrir. ¿Puede entender esto el hombres de hoy?, ¿es el sufrimiento y la muerte una condición indispensable para lograr mis aspiraciones?, ¿acaso no hay que desterrar la debilidad, el sufrimiento y la muerte para ser feliz? ¿Por qué nos cuesta aceptar la realidad del sufrimiento? Sencillamente, porque estamos solos, porque sentimos la soledad que produce la ausencia del amor. Cuando un hombre experimenta el amor no está solo aunque sufra. Puede parecer duro pero es así: el hombre moderno vive muy solo; en medio de las multitudes está solo. Está solo porque al egoísmo lo ha llamado amor, porque se busca a sí mismo y su bienestar, en vez de buscar a los otros. El hombre moderno desconoce que el amor verdadero es entrega sufriente, dar vida para tener vida. El creyente sabe que no está solo, que Dios vive en él, que juntos hacen el camino de la vida, por eso, incluso, la soledad, es una soledad habitada. En el sufrimiento está Dios, en la desdicha está Dios, por eso somos capaces de seguir adelante, de mirar al futuro con esperanza. Hemos conocido el amor y hemos creído en él, por eso estamos firmemente persuadidos que nada ni nadie podrá apartarnos del amor de Dios que se ha manifestado en Cristo muerto y resucitado.

Pero ahora volvamos a la página evangélica que hemos escuchado, con el propósito de entenderla en su contexto. Jesús pronuncia estas palabras un día después de su entrada triunfal en Jerusalén, poco antes de la Pascua en la que va a entregar su vida para la salvación de los hombres. Unos griegos que habían venido a Jerusalén para la Pascua quieren ver a Jesús. Son hombres que buscan, como tantos a lo largo de la historia. Ante la interpelación de los discípulos, Jesús, olvidando la petición más inmediata –quieren verlo-, les habla de su glorificación –“ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre”-. No es momento para quedarse en la anécdota, sino que hay que ir a lo esencial, parece decirles. No se trata de pararse en la fama que ha crecido del predicador galileo, sino que hay que llegar a lo profundo de su misión que se va a consumar en la cruz, como camino de la glorificación de Hijo. Al mismo tiempo, Jesús muestra en estas palabras su humanidad, la angustia propia de un hombre ante la hora del sufrimiento que se avecina. Semejante a nosotros, solidario con cada uno de nosotros y con nuestros sufrimientos, pero apoyado en Dios. Es camino difícil pero es el camino de la salvación.

Caer en la tierra del mundo, enterrase en el surco de la humanidad para dar vida; negarse a sí mismo para ser fecundo y abrir el horizonte de la vida eterna. El camino de la cruz es necesario para que nazca el hombre nuevo redimido en Cristo. Jesús ha de pasar por la muerte para que su vida no sea sólo un bello poema sino que dé fruto en bien de la humanidad. Así también los seguidores de Cristo. El Evangelio es testimonio pero también enseñanza acerca del camino que hemos de hacer los discípulos del Señor.

El testimonio de los santos nos muestra la verdad del Evangelio y la posibilidad que todos tenemos de realizarlo en nuestra vida, con la gracia de Dios. San Torcuato es, una vez más, ejemplo y estímulo para seguir en el empeño de vivir el Evangelio en la existencia concreta, en lo cotidiano, en la concreta situación social e histórica en la que nos ha tocado vivir. Las palabras de San Pablo en su segunda carta a los tesalonicenses, que acabamos de escuchar, nos recuerdan que el anuncio del Evangelio –la evangelización- nunca ha sido tarea fácil, “Tuvimos valor –apoyados en nuestro Dios- para predicaros el Evangelio de Dios en medio de fuerte oposición”. Predicar el Evangelio siempre conlleva un riesgo, pero es mayor el deseo de que los hombres conozcan al Señor y lo amen, que las dificultades que puedan venir de este anuncio. La vida no vale nada cuando se vive para sí y no para los demás. Nos lo muestra la historia: el mayor desprecio a la vida humana viene siempre unido al olvido de nuestros ser criaturas, al olvido de Dios. También lo hemos escuchado en la carta de San Pablo: “Os teníamos tanto cariño que deseábamos entregaros no sólo el Evangelio de Dios, sino hasta nuestras propias personas, porque os habíais ganado nuestro amor”. Así es, la evangelización es un acto de amor; no se evangeliza sino amando a aquellos a los que se les lleva el Evangelio, haciendo de este servicio una entrega de la propia persona.

Las palabras del Evangelio nos han de interpelar a cada uno como creyentes, así como han de interpelarnos como Iglesia del Señor que camina en Guadix, en comunión con la Sede de Pedro y con las demás iglesias diseminadas por el mundo entero. Esta palabra del Señor ha sido pronunciada en este momento de la historia, de nuestra historia particular. ¿Qué nos dice el Señor a los cristianos de hoy, a los que formamos la diócesis de Guadix? ¿Cómo leerla en medio de la realidad social que estamos viviendo? Sea dicho desde el principio, que sólo desde una actitud orante, abiertos a lo que el Espíritu quiere decir a la Iglesia, descubriremos la verdad de una palabra que es presencia, y lo que ésta nos quiere decir para ser testigos del Señor en el mundo.

Vivimos una situación histórica delicada. La Iglesia, solidaria con la vida de los hombres, no puede ser ni es ajena a esta situación. Nuestra mirada a los hombres y al mundo ha de ser una mirada desde Dios. Mirar al mundo como Dios lo mira, querer a los hombres como Dios los quiere. Por eso, detrás de los análisis y diagnósticos acerca de las causas de la situación que hemos llamado de crisis, por encima de las soluciones que entre todos hemos de buscar y procurar, está el hombre concreto. No son tan importantes las causas como los hombres que sufren las consecuencias de una sociedad que ha vivido de excesos y ha olvidado el valor de la humanidad. Lo más grave de esta situación son los rostros multiplicados y diversificados de la pobreza, cada hombre y cada mujer, cada familia que pasa por momentos de grave dificultad, donde se les priva de lo esencial para vivir con la dignidad que le es propia. Las consecuencias económicas y sociales de esta situación son sólo eso, consecuencias; Sin embargo, a la base de esta situación, hay unas claras raíces espirituales y morales. La crisis actual es una cuestión antropológica. Lo afirma el Papa Benedicto XVI en la Caritas in Veritate: “porque la cuestión social se ha convertido en una cuestión antropológica”. Lo que está en juego en esta situación es la imagen del hombre mismo. Se ha extendido una imagen del hombre basado en sí mismo y en sus posibilidades; dueño único de su existencia y autónomo ante cualquier instancia exterior. Es un hombre que se hace a sí mismo y al que pertenece cualquier decisión sobre su vida. Su juicio es última instancia de discernimiento; todo es relativo porque depende de la pura subjetividad. Es un hombre que vive en la pura inmanencia, en un presente que lo ciega y donde la materia lo es todo. El hombre contemporáneo es dios de sí mismo. Sin embargo, en su falsa pretensión, está también su pobreza; su divinidad le hace mascar los fracasos y lo efímero de la existencia con una fuerza especial. La inmanencia es arena que impide que el edificio humano tenga consistencia, “La censura de la dimensión trascendente del ser humano, tan a menudo impuesta por la cultura dominante, conduce a verdaderos dramas personales, especialmente entre los jóvenes. La fe, por el contrario, libera el juicio de la razón y de la conciencia para distinguir rectamente el bien del mal y para arrostrar el sacrificio que comporta el compromiso con el bien y la justicia y, por eso mismo, otorga a la vida el aliento y la fortaleza necesarios para superar los momentos difíciles y para contribuir desinteresadamente al bien común”.

Pero no quiero pasar por alto, lo que creo supone un peligro que nos amenaza a todos, un peligro del que hay que hablar en voz alta, y hasta denunciar. Me refiero, por una parte, a la falta de fe que se está instalando en el corazón de buena parte de la sociedad, y no hablo sólo de la fe sobrenatural –la fe en Dios-, sino de sentimiento, cada día creciente, que todo está mal y todos son malos. Al final nadie cree en nadie, nadie se fía de nadie. Las consecuencias de esta actitud pueden ser graves a la hora de construir un futuro en paz y un mundo habitable para todos. Hemos de reconocer que existe el mal, pero que el bien es siempre mayor, aunque no haga ruido; en cualquier ámbito de la sociedad puede haber personas que actúen mal, pero la mayoría actúan bien. Existe la honestidad y hombres y mujeres que trabajan en servicio a los demás. Por otra parte, es preocupante la posición de algunos radicales que promueven la insumisión al estado de derecho, y hasta lo defienden con llamadas a la violencia. Estas posturas poco coherentes se convierten en un espiral que se puede hacer difícil de controlar.

Frente a esto es necesario el diálogo, con el diálogo no se pierde nada. No podemos permitirnos el lujo de caminar en solitario, las ideas no pueden ser arma arrojadiza contra el otro, hemos de dejar de actuar como contrarios para construir juntos, en el respeto a la justa diversidad. En esta situación todos somos necesarios.

La Iglesia, en medio de esta situación, sigue anunciando la caridad, que es el amor de Dios a los hombres, amor cercano y concreto, tierno y efectivo:. “La caridad es la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad”. En definitiva, la caridad es el amor que tiene su origen en Dios. Es verdad que la caridad ha sufrido desviaciones y pérdida de sentido, que se ha presentado como el sustitutivo de la justicia, incluso se le ha revestido con ropajes paternalistas y humillantes. Sin embargo, la caridad verdadera es la única fuerza capaz de transformar al hombre y a la realidad.

La caridad no es sentimentalismo sino entrega gratuita, es amor recibido y ofrecido, no da sino se da. La caridad exige la justicia, y vas más allá; “quien ama con caridad a los demás, es ante todo justo con ellos”. Además no se queda en cada hombre sino que mira al bien común, porque “amar a alguien es querer su bien y trabajar eficazmente por él (..) Es el bien de ese todos nosotros”. Se ama al prójimo cuando se trabaja por el bien común. “Todo cristiano está llamado a esta caridad, según su vocación y sus posibilidades de incidir en la polis. Esta es la vía institucional – también política podríamos decir- de la caridad”. Es lo que se conoce como “caridad política”, tan importante y necesaria como la caridad al prójimo, fuera de la mediaciones institucionales de la sociedad.

Quiero terminar con unas palabras recientes de los obispos españoles: “Al invitar a la fe, invitamos a descubrir la verdad sobre el hombre y al coraje para acogerla y afrontarla; invitamos, en definitiva a la conversión, es decir, a apartarse de los ídolos de la ambición egoísta y de la codicia que corrompen la vida de las personas y de los pueblos, y a acercarse a la libertad espiritual que permite querer el bien y la justicia, aun a costa de su aparente inutilidad material inmediata. No será posible salir bien y duraderamente de la crisis sin hombres rectos, si no nos convertimos de corazón a Dios”.

+ Ginés García Beltrán
Obispo de Guadix