Apenas amaneció el día 17 de enero, consagrado por la Iglesia a celebrar la memoria y virtudes de San Antonio Abad, abogado del fuego, santo que sufrió con heroico valor las tentaciones de Satanás en Tebaida, región del Antiguo Egipto, y que tuvo un gran empeño en conquistar para sí su blanca alma mostrando al varón intrépido los halagos y concupiscencias de la carne bajo sus múltiples aspectos y en todas sus formas, cuando se personaron en las eras que cercan su ermita los vendedores ambulantes de dulces, frutas y chucherías, los devotos del santo anacoreta y los aficionados a ver los toros que temprano y en grandes grupos van por el agua bendita y allí, los unos y los otros, satisficieron sus caprichos tomando además su correspondiente copita de anisado, néctar consolador de sus vacíos estómagos y estimulante además del apetito menos dispuesto a hacer los honores al desayuno.

En diversos sitios se veían aún   las cenizas de las hogueras que en la anterior noche habían sido encendidas, según tradicional costumbre, en honor del santo que había sido conducido desde la iglesia de Sto. Domingo hasta su ermita en cuyo atrio se quemó un modesto castillo. Repicaba aturdido el esquilón de la ermita.  

A las diez de la mañana cambió aquello de aspecto y donde no se vieron sino animales al natural, conducidos por somnolientos gañanes, empezaron a aparecer toros engalanados con moños, lazos, frontiles y banderolas hechas con pañuelos de seda de colores proporcionados por las novias de los dueños de aquellos y conducidos a brazo cada cual por tres jóvenes más o menos robustos, que cogidos a los cuernos y a la cola, los llevan al pórtico de la ermita con el fin de obtener el agua bendita que les ha de librar de todo mal, no sin hacerse ellos algún mal merced a las caídas que suelen dar al ser arrastrados en muchas ocasiones por sus cornúpetos conducidos. Los mozos del barrio, luciendo la blancura de sus camisas aparejadas con gran esmero para aquel día y atado a sus cabezas el hasta entonces plegado y replegado pañuelo de Procesión de S. Antón por las eras (anterior a 1936)

seda que en anteriores noches les entregaran con aquel objeto sus novias, eran los héroes de la fiesta.

La madrugada de este día de S. Antón han recorrido las calles de la ciudad la banda de tambores y cornetas del Batallón Infantil y la banda del Instituto Musical Accitano tocando alegre diana que despertó a más de cuatro pacíficos habitantes que no pudiendo conciliar el sueño se lanzaron a la calle y pasito tras pasito se dirigieron al santuario de san Antón.

A las once tuvo efecto la función de iglesia y la procesión en la que el Santo ostentó sus floridas andas y los cofrades su devoción a tan gran Abad, recorriendo las calles Real, de Granada, carretera de este mismo nombre, cuevas de S. Miguel y parte de las eras, regresando a su ermita.

Por la tarde le tocó su vez a las mulas y caballos que aparecieron engalanados también y montados por bizarros jóvenes unos y por hombres duros otros. Aquellas apuestas que se hacían sobre cuál era más corredor se acabaron desde que las “perras chicas y grandes” (2) escasean y se limitaron los jinetes a dar las “nueve vueltas” sacramentales y proporcionar a sus bestias el agua consabida.

Como la tarde fue más que mala, pues tuvo los honores de pésima, se vieron pocas señoritas por aquellos sitios, semejándose las que se atrevieron a salir a estrellas fugaces por lo pronto que desaparecieron. Quedaron muchas por lo tanto en la casa con sus trajes flamantes, sus sombreros y sus indispensables quitasoles, preparados de antemano, esperando mejor ocasión, lo que fue gran lástima, puesto que el día de San Antón es uno de aquellos en los que en esta población hay más que lucir y más que admirar al bello sexo. Los “pollos” (3), por consiguiente, tristes, inconsolables, casi llorosos. Entre dos luces, crecieron de pronto las turcas y pítimas (4) que en este día tiene Baco muchos prosélitos y adoradores.

A última hora se retiraban los romeros renegando del día y esperando que el año venidero será más complaciente y les dejará gozar de las delicias escatimadas por éste. La cofradía de san Antón merece plácemes reiterados, pero puede hacer aún más de lo apuntado. GARCI-TORRES

NOTAS: 

  • EL ACCITANO. AÑO III, nº 65 de 22-1-1893. AÑO VII, nº 275 de 17-1-1897
  • Se llamaba “perra chica” a la moneda de 5 céntimos de peseta y “perra grande o perra gorda” a la de 10 céntimos
  • Se llamaba “pollos” a los jovencitos en edad de ennoviarse.
  • Borracheras