GUADIX LLORA LA MUERTE DE DON CARLOS ROS por José García Román

Severo, distante, castellano, austero, grave, estricto, fiel, mesurado, y también cariñoso y bondadoso, curtido en la adversidad, ajeno a adulaciones y lisonjas, consagró su vida a Dios, dedicando gran parte de ésta a la música, entregado al proyecto de una Escolanía que enalteciera el culto de la Catedral accitana y paseara por el mundo la voz prístina y personal de la entrañable, hermosa y monumental ciudad de Guadix. Y así fue. Adentrado en la última etapa de su vida, el Alzheimer ha clausurado para siempre la sonrisa abierta de Don Carlos, y el color tan saludable de su semblante ha sido sustituido por el cerúleo de la muerte, y su vigor recio y espartano, doblegado en unos meses. Dijo un pensador, y con qué razón, que es en el momento de la muerte cuando uno comprende la nada de todas las cosas. El Maestro Ros lo sabía muy bien.
Don Carlos se ha marchado con discreción, y ha cogido desprevenidos a tantos devotos suyos que de veraneo o privados de la triste noticia no han podido acompañarle a la última morada. No es extraño, pues no ha hecho más que repetir el comportamiento de casi toda su vida: «¿Dónde está Don Carlos?», preguntamos en tantas ocasiones, a la conclusión de la actuación de la Escolanía. «Pues en el autobús, con los niños. Ya sabe». Él no se entretenía. Iba al grano y no le interesaban las cosas que no tuvieran que ver con su misión.
La noche del velatorio se hizo corta entre cantos y recuerdos de sus queridos escolanos que, como unos meses antes en la residencia, dedicaron a la memoria de Don Carlos miles de compases ensayados e interpretados durante cerca de cincuenta años. De cuerpo presente -amarillo su gesto, amarillas sus manos, su mirada ida definitivamente-, sus despojos marmóreos recibieron las ondas de tantas músicas, hasta unas horas antes, vida de este hombre ejemplar. «¿Se ha marchado para siempre nuestro padre, nuestro amigo, nuestro modelo incontestable?», se preguntaban algunos. Desgraciadamente, así es. Las coronas de flores daban testimonio de gratitud. Un ramillete solitario con la leyenda «si mi amor te olvidare, tu no te olvides de mí», eco de aquel Salve, Madre, interpretado muchas veces por los ‘ruiseñores de la Alhambra’, así se les llamó a los Niños Cantores en cierta ocasión con motivo de sus intervenciones en el Festival Internacional de Música y Danza de Granada, zarandeó a algún que otro corazón.
Un escolano recordaba cómo el pan y el chocolate habían sido alimento eficaz en tantos viajes de milagrosa economía, igual que las dos naranjas sirvieron de único consuelo a los estómagos de la Escolanía antes de irse a dormir en épocas de carestía.
El féretro fue despedido en la puerta de la Catedral con un largísimo aplauso, eterno me pareció, mientras las lágrimas de tantos amigos y devotos de Don Carlos, desconsolados contagiaban los sagrados muros que se resistían a dejarlo ir a su descanso definitivo. «Me gustaría que me despidieran en mi muerte así», oigo decir a alguien. A hombros de escolanos, como preciado tesoro, fue llevado desde la Catedral al cementerio. Antes había entrado por la puerta principal, no sin inundar de cantos recios las calles colindantes, al son de los acordes de un órgano exaltado.

«Escolanos. Don Carlos ha muerto. Viva Don Carlos», clamó desde el corazón un cantor cuando los restos mortales descendían al sepulcro, mientras los cipreses cual tubos gigantes de órgano silbaban melodías ininteligibles pero que nos sobrecogían a todos en un ambiente de tristeza, resignación y paz.
El hábito marrón de los Hermanos Fossores nos recordó con el ritual toque de campana que esto va rápido. Han pasado treinta años desde el inicio de nuestra amistad. Cómo se va la vida. Sigamos fastidiando a los demás. Total: qué más da. La Escolanía no debe morir, decimos muchos. Además, la conmemoración de su cincuenta aniversario está a la vuelta de la esquina. La Real Academia de Bellas Artes de Granada le concedió a Don Carlos Ros la Medalla al Mérito el pasado mes de junio. Años antes, el Excelentísimo Ayuntamiento de Guadix le entregó su mejor título. Descanse en paz el Director de la Escolanía ‘Niños cantores’ de la Catedral accitana. Paz eterna para Don Carlos. Le recordaremos siempre. Acuérdese de nosotros. Hasta siempre, querido amigo.
José García Román. Granada
(Publicada en Ideal, diario de Granada, 9 de Julio de 2003)
Este Artículo pertenece al libro:

“Escolanía Niños Cantores de la Catedral de
Guadix: 50 años de Historia Musical” que se publicará el año próximo,
con motivo del 50 aniversario.

Autor: José Manuel Baena Herrera

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