La NAVIDAD de Guadix en 1892

Celebración de la NAVIDAD de GUADIX en el año 1892

Estamos próximos a celebrar la Navidad y bueno es echar la vista atrás para ver como la celebraban nuestros antepasados hace 130 años. Como datos curiosos del artículo que hoy traigo a colación, tomado del semanario “EL ACCITANO”, vemos que el título es LA PASCUA DE NAVIDAD, porque en tiempos pasados en Guadix a la Navidad se le decía la Pascua y la gente se felicitaba con un FELICES PASCUAS. 

En Navidad, en las Cuevas, se celebraba el baile de Ánimas con su “Floreo”, tradición que en estos últimos años la Hermandad de la Virgen de la Piedad, junto con la de la Virgen de Gracia, han querido recuperar con el nombre de “Baile de Rifa” teniendo como personaje del mismo en lugar de al “Floreo” al “Cascamorras”, sacando también en procesión la imagen del Niño de la Bola, rememorando la famosa novela de nuestro insigne escritor accitano Pedro Antonio de Alarcón. Otra costumbre que se ha perdido totalmente eran las misas de “aguinaldos” y las de “pastores”

LA PASCUA DE NAVIDAD

«Después de haber celebrado la Nochebuena, noche bendita en la que nació el Salvador del hombre para hacerlo libre, señor y dueño de sus actos y de sus iniciativas, en la que se dice la misa del Gallo, que unos oyen con verdadera unción cristiana, y los más chispeantes de placer, gracias al mosto encerrado en las sagradas vasijas de sus estómagos, al son de zambombas y castañuelas, guitarras y bandurrias, rabeles y “carrañacas”, flautas y violines.

En la Nochebuena se baila y canta, hasta no poder más, desde el más alto al más ruin, en la que se traga sin consideración, tasa, ni medida, en la que los abuelos y abuelas se complacen en contar a sus nietos ante el Nacimiento formado con cartón y papel de estraza pintado con almazarrón, toques de verde y pajizo que semejan tierra y plantas, y blanco que sustituye a la nieve, las peripecias acontecidas con motivo de la venida al mundo de Jesús, trayendo a colación a los pastores que le ofrecieron leche y quesos de sus ganados, a los Reyes Magos que le trajeron de remotos y luengos países mirra, incienso y oro; al bárbaro o impío Herodes que decretó la inicua degollación de los inocentes; al posadero que sufrió merecido castigo por no haber querido dar hospitalidad a la más santa de las mujeres y al más santo de los esposos; al buey y a la mula que presenciaron el portento y a la nieve caída, que tanto frío produjo al nuevo ser; noche bendita en la que se reúnen las familias en cariñoso concurso; en la que por raro contraste se recuerdan a los que faltan. 

La Pascua tiene un aspecto particular y proporciona una delicia sin igual. En el período que comprende descansa el hombre de sus faenas y esparce el ánimo cobrando nuevos alientos para proseguir el constante ir y venir, tejer y destejer a que estamos destinados durante nuestra terrena peregrinación. 

La Pascua va perdiendo su antiguo carácter; las costumbres y el modo de ser de hoy difieren mucho de las de ayer. Yo recuerdo que, en mi niñez, los “floreos”, suerte de clown degenerado, vestidos con trajes de bayeta, hechos con pedazos verdes, encarnados y pajizos, constituían aquí una de las más clásicas de las pascuales diversiones. Quitarles la peluca, ofrecerles “ucaos” [sic] porque propinaran unos cuantos cañazos a este, una broma a esotro o ejecutaran cualquier gracia, hacían los encantos del público. 

El paseo de rigor era por las Cuevas en las que se movían los bailes de ánimas dirigidos y presididos por los “floreos”, autoridad suprema de ellos, en los que abrazar a una muchacha guapa costaba algunas veces sendos pesos duros, pues que el tal abrazo era subastado y en tan preciada licitación tomaban parte el novio, el admirador, el amigo, el aficionado a lo bueno y el viejo verde que aún se relamía pensando en sus tiempos floridos y hacer bailar a determinada persona se pagaba largamente por el empeñado o en su caso por el solicitado que tenía que dar más, porque le dejaran en paz, tolerándose todo y reinando la mejor fe y sencillez, pues aquellos productos se dedicaban a las ánimas del Purgatorio o a la prosperidad de las Cofradías.

Las rifas de los objetos y comestibles conquistados por los floreos en fuerza de maña, de astucia o graciosamente en los primeros días de la Pascua tenían lugar en los últimos días a las que la gente afluía de prodigioso modo y lo rifado alcanzaba altos tipos.

Se hacían misas de aguinaldos; luego tenía lugar la de los pastores a la que asistía una pastorela, (representación teatral en la que se escenifica el nacimiento del Niño Jesús), bien organizada y vestida y por último se simulaba la adoración de los Magos, fiesta que hacía furor y a la que asistía toda persona que le era posible proporcionarse un sitio en la iglesia donde tenía lugar, que casi siempre era en la de Santo Domingo (actual parroquia de S. Miguel). 

Hoy sólo quedan insignificantes reliquias de aquello, próximas a desaparecer. Los floreos, las rifas, las pastoradas y los bailes de ánimas se miran con desdén marcado y son un triste simulacro de lo que fueron. El carácter del hombre varía con el tiempo, como varían los gustos y las costumbres. Los que nos sucedan conocerán nuestros usos por la historia, por las leyendas y por las tradiciones. 

Tomado de “EL ACCITANO”, nº 61 de 25 de diciembre de 1892

José Rivera Tubilla

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