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Jubileo Medina Olmos por Manuel Amezcua

JUBILEO MEDINA OLMOS

A los 150 años del nacimiento del Beato Obispo Mártir de Guadix, la Santa Sede ha concedido un Jubileo, a requerimiento de nuestro prelado don Francisco Jesús Orozco Mengíbar, cuya celebración tendrá lugar en Lanteira y en la Catedral, como templos propios para ganar las indulgencias plenarias en el modo establecido por la Iglesia.

La solemnidad de la apertura de este Año Santo, nos convoca a publicar de nuevo estos sonetos y letrillas.

Beato Manuel Medina Olmos
Beato Manuel Medina Olmos

JUBILEO DEL 150 ANIVERSARIO DEL NACIMIENTO DE MEDINA OLMOS

Dos sonetos y letrillas de la vida del Beato Obispo Mártir

Autor: Manuel Amezcua Morillas.

DOS SONETOS PARA UN MARTIR

“Nadie tiene más amor que quien da la vida por los amigos”

Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, no puede dar fruto, pero si muere da fruto en abundancia”
Jesucristo

Martirio: siembra y cosecha

Resurge el sol en roja amanecida
cuando cae tu cuerpo atravesado,
perdonando y por Cristo perdonado
con bautismo de sangre en cada herida.

Nadie posee amor más verdadero
que quién muere de amor por el amigo
y disculpa el error del enemigo,
con limpio corazón, noble y sincero.

Manuel Medina Olmos: el testigo
de ejemplo martirial, abierto en brecha
sembrada de amapolas entre el trigo.

Finales de verano, fue la fecha
de aquel treinta de agosto que bendigo,
en tu siembra, tú siega y tu cosecha

Perdón de Obispo mártir.

Sin defensa, ni acusación siquiera,
todo el odio del mal con su gran peso,
sin justicia, ni juicio, ni proceso
provocó que tu sangre se vertiera.

La victoria de amor de tu martirio
te igualó, semejante al Crucifijo,
en un perdón total, como el del Hijo
en la hora del supremo sacrificio.

Devolver bien por mal: esta es la senda
de Cristo y del cristiano verdadero
curando el corazón con una venda

que cure al asesino y su pecado:
Cristo desde la cruz, ya fue el primero
que perdonó al ser crucificado.

LETRILLAS Y ROMANCILLOS DE DON MANUEL

Al modo de los cantares de ciego.

El mes de agosto, día nueve
corriendo el mil ochocientos,
y el año sesenta y nueve
fue el gran acontecimiento.

Lanteira del Marquesado
al pié de Sierra Nevada:
nació el niño deseado
en familia bien trazada.

Manuel Justo fue su nombre
como una profecía,
aquel niño se hizo un hombre.
aprobando en Almería.

Su tío fue un cura cabal
en oración y piedad,
que influyó en nuestro chaval
y lo instruyó en la verdad.

Despierto de inteligencia
ingresa en el Seminario
mezclando oración y ciencia
con el latín a diario.

Es teólogo probado
con mucha filosofía,
y alcanza su doctorado
en Sagrada Teología.

El año noventa y uno
es sacerdote ordenado,
fervoroso cual ninguno
y de Cristo enamorado.

El Sagrario de Guadix
fue su destino primero
y aprendió mucho a servir
a la Iglesia por entero.

En Granada y su Abadía
durante años veintitrés,
ejerce su canonjía
de la que es honra y prez.

Sacromonte granadino
orgullo debes tener,
por su acierto y por su tino
en prudencia y brillantez

Muchos años fue Rector
e insigne sacromontano,
y a los niños con amor
enseñó con suave mano.

Se licenció en Derecho
también en Filosofía.
¡Un gran catequista hecho
con nueva pedagogía!

El Maestro Andrés Manjón
que funda el “Ave María”,
le tiene en el corazón
con gran camaradería.

Don Manuel escribe obras
de contenido escolar,
en medio de las zozobras
del revuelo nacional.

A la injusticia sensible
ante la “cuestión social”,
le parecerá insufrible
tanta miseria mortal.

Nacido en hogar austero
de raíz cristiana y honda,
no supo ser embustero
ante tanta trapisonda.

En el año veintiséis
Obispo me lo han nombrado
y es ahora cuando veréis
su amor al apostolado.

En mula por la Alpujarra
ven al Obispo montado,
en tierra de cimitarra
viaja de amores colmado.

Le preocupa la pobreza
y enfermedad infantil.
Es cristiano de una pieza
y no puede ni dormir.

A los dos años precisos
nos lo envían a Guadix,
y asume sus compromisos
viviendo en un sin vivir.

Se desvive por los pobres
y por los seminaristas
y convive con los hombres
y anima a los catequistas.

Y escribe sus Pastorales
la República aceptando,
con las formas muy cordiales
y los fondos cuestionando.

La política tormenta
se ceba con la nación,
y el buen Obispo comenta
caminos de solución.

Para la “Casa del Pueblo”
regala su cruz y anillo,
porque su padre y abuelo
fueron hombres bien sencillos.

Para ser del pueblo llano
no tenía que descender,
y a todos daba la mano
para a todos atender.

La guerra le sorprendió
en Granada con amigos,
más de uno le aconsejó
ocultarse de enemigos.

Sus paisanos de Lanteira
no quieren que sea señuelo
de tanto desastre e ira
como asola nuestro suelo.

Seis mil sacerdotes muertos,
las Iglesias saqueadas,
incendiados los conventos
y las escuelas cerradas.

Quiere volver a Guadix
con su querido rebaño,
para amar en buena lid
sin temor a ningún daño.

En Palacio es apresado
cuando el mes de julio era:
despojado y maltratado
sin que eso le ofendiera.

Tener al Obispo preso
en la ciudad accitana,
o montar aquí un proceso
era cosa chabacana.

Muchos podrían opinar
que era injusticia cierta
al Obispo asesinar
sin razón y causa abierta.

Se lo llevan a Almería
en un vagón de ganado.
El Pastor bien rezaría
por este rebaño amado.

Los dos ya se conocían:
Diego Ventaja, el Prelado
de la Iglesia de Almería,
también ha sido arrestado.

En una casa primero
y después en un convento,
se confían por entero
a Dios en cada momento.

Como toda situación
puede ir siempre a peor,
en un barco de carbón
son encerrados los dos.

Con cuarenta sacerdotes
sin justicia ni defensa,
pasan los días y las noches
entre la burla y la ofensa.

El ser Obispo los dos
es causa de más inquina
a golpes y con horror
les lanzan a las letrinas.

Bajo amenaza mayor
se les requieren infamias
y perdonan con amor
los insultos y blasfemias.

Con más de setenta años
Don Manuel admira a todos,
soportando con redaños
los golpes y malos modos.

Para la gran burla urdir,
una noche son llevados
a otro barco, a servir
la mesa a unos desalmados.

Allí fueron empujones,
zancadillas, carcajadas,
sin defensa ni razones
para aquellas canalladas.

Devolverles, les prometen
al convento, en la ciudad,
pero en un camión los meten
para el crimen ocultar.

De las Escuelas Cristianas,
siete hermanos morirán,
y en la cálida mañana
gloría eterna alcanzaran.

Los que blasfemias querían
ven, con extraño estupor,
como las perdonarían
los Obispos por amor.

“El chisme de Vícar” llaman
a aquel barranco olvidado,
testigo de los que aman
a quien les ha asesinado.

Con gasóleo y desnudados
para bien disimular,
sus cuerpos fueron quemados
sin fosa para enterrar.

Son símbolos sangre y fuego
de aquella heroicidad,
cuya semilla dan luego
fe, esperanza y caridad.

De los mártires la sangre
es semilla de cristianos,
que sacia de paz el hambre
de la justicia entre hermanos.

No es una historia triste
ni historia de división,
pues parecería un chiste
dividir con el perdón.

No hay unión más verdadera
que la reconciliación,
sembrada de tal manera
y con tan alto perdón.

Juan Pablo segundo el grande
nos lo beatificará
para que su ejemplo ande
sembrando la caridad.

Gracias sean dadas a Dios
por tanta gloria inmortal,
por Don Manuel y su amor
en la gloría celestial.


Amén

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