Homilía de D. Ginés García Beltrán en la misa Cristma del Martes Santo

HOMILÍA EN LA MISA CRISMAL MARTES SANTO

Guadix, 26 de Marzo de 2013

“Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en el cielo. Él nos eligió en la persona de Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor” (Ef 1,3-4).

Con estas palabras del apóstol en su carta a los cristianos de Éfeso, quiero saludaros a todos, mis queridos hermanos y hermanas en el Señor, en el marco de la Misa Crismal, verdadera manifestación de la Iglesia, en toda su belleza y hondura.
Estas palabras de la Escritura no quieren ser sólo saludo, sino también deseo y oración. La elección de Dios a cada uno de nosotros, se remonta a la eternidad y se hace actual cada día de nuestra vida. La elección de Dios es una bendición que se realiza en Cristo. Por Él somos lo que somos, y a Él nos dirigimos para poder responder con generosidad a esta elección. Por eso, mi deseo y oración, es que seamos santos e irreprochables ante él por el amor. El amor de Dios nos hace santos y nos destina a gozar de la gloria de Dios por siempre.
Si miramos a nuestra vida, descubrimos que todo lo hemos recibido, que todo es obra del amor de Dios. También la fe, y también las vocaciones específicas a las que hemos sido llamados en el seno de la Iglesia.
La Misa Crismal es una oportunidad, cada año, para dar gracias a Dios por tanto como hemos recibido de su amor. Es esta acción de gracias la que nos lleva a profundizar en nuestra vocación para responder con fidelidad y generosidad.

I Hace apenas unos días recibimos el don de un nuevo Sucesor del apóstol San Pedro en la persona del Papa Francisco. Una vez más, el Señor nos enseña que la Iglesia es suya y es él quien la conduce con amor eterno. Los pronósticos humanos chocaban con la providencia divina que señalaba al elegido. Un obispo venido de la otra orilla del mundo, un nuevo obispo de Roma que transmite autenticidad y coherencia, la que sólo nace de la vida de un testigo. Un padre y un hermano para este momento de la historia, un compañero que viene a confirmarnos en la fe (Cf Lc 22,32).
Recibimos al Papa Francisco en la fe; pedimos al Señor por él, para que su fe no se apague, sino que con ella alumbre a todo el cuerpo de la Iglesia.
En este momento solemne, junto al Presbiterio y a la comunidad diocesana aquí reunida, quiero renovar, en nombre de toda esta iglesia de Guadix, nuestra adhesión filial y la obediencia que debemos al que nos preside en el nombre del Señor. Francisco es Pedro, y nosotros queremos vivir, con él, en la comunión de la Iglesia.
Al mirar a los acontecimientos de la sucesión en el ministerio petrino que hemos vivido en estos días, nuestro pensamiento y nuestra oración se dirigen también al Papa Benedicto XVI. Nos conmueve su testimonio de fe y humildad, su mirada puesta en Dios y en el bien de la Iglesia que está siempre por encima de nuestros deseos e intereses. Como nos dijo en su última Audiencia general: “Continuaré acompañando el camino de la Iglesia con la oración y la reflexión, con la entrega al Señor y a su Esposa, que he tratado de vivir hasta ahora cada día y quisiera vivir siempre” (27-febrereo-2013).
El Papa Benedicto nos deja un tesoro en sus enseñanzas que, sin duda, serán un caudal al que habremos de ir a beber en los próximos años. Este hombre ha sido un don de Dios para la iglesia del siglo XXI; con su sabiduría y su fuerte experiencia de Dios nos ha llevado a lo esencial de la fe, presupuesto indispensable para responder a una vida cristiana auténtica. Damos gracias a Dios por su persona y ministerio, al tiempo que pedimos para él la gracia de la entrega hasta el final.

II. Volvamos ahora a la Palabra de Dios que acabamos de proclamar, y en concreto al evangelio del San Lucas que nos relata la presencia de Jesús en la sinagoga de Nazaret, pueblo donde se había criado.
Tal como nos lo cuenta Lucas, se nos muestra a Jesús como un verdadero creyente. Jesús va a la sinagoga, “como era su costumbre los sábados”; es decir, el joven Nazareno lleva una vida de piedad como la de cualquier buen israelita, cumple con las normas establecidas por la fe de Israel. Son muchos los pasajes del Evangelio que avalan este hecho.
Sin embargo, la fe de Jesús va más allá del cumplimiento de lo establecido. Jesús toma la Escritura y la proclama en medio de la asamblea. Se da una relación, un diálogo: Dios que habla y el hombre que escucha. La fe, como primer paso, exige la escucha. No puede haber fe si no hay escucha, si no se abre el oído y el corazón. De hecho, la fórmula de fe de Israel, que lo es también para nosotros cristianos, comienza con la expresión: “Escucha” (cf. Dt 6,4). El contenido de la fe, es decir, la iniciativa de Dios necesita un hombre libre que la escuche. “La puerta de la fe (cf. Hech 14,27) (..) se cruza cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma”, nos recuerda Benedicto XVI al convocarnos a un año de la fe. (Porta Fidei, n.1).
Este es el primer desafío con el que se encuentra la evangelización: un hombre dispuesto a escuchar. No es un desafío nuevo pero sí muy actual. Muchas de nuestras dificultades, y hasta la causa de nuestros fracasos y cansancios, tienen su origen en la falta de acogida de nuestra propuesta evangelizadora.
A este desafío encontraremos respuesta si volvemos a la sinagoga de Nazaret y contemplamos al Señor. Lee un texto del profeta Isaías. Lee la Escritura, Palabra de Dios, no la sustituye por ningún otro texto por importante o bello que sea. La lectura directa, y al corazón, de la Palabra de Dios es lo que llega al hombre y toca el corazón. No valen los sucedáneos. No es excusa decir que el pueblo no entiende lo que lee, que es mejor hacerlo más comprensible. El hombre se tiene que encontrar con la Palabra de Dios; nosotros somos sólo instrumentos al servicio de esta Palabra que es vida, que es presencia que salva. Dios se comunica a sí mismo mediante el don de su palabra. Por eso, poner al hombre en contacto con la Palabra es el servicio al que está llamada la Iglesia, lo demás lo hace el Señor. “No hay prioridad más grande que esta: abrir de nuevo al hombre de hoy el acceso a Dios, al Dios que habla y nos comunica su amor para que tengamos vida abundante (cf. Jn 10,10)” (Const. Apost. Verbum Domini, n. 2).
Pero el hombre, también el de hoy, necesita una palabra que afecte a su vida, que responda a sus interrogantes, que ponga luz en la oscuridad de sus inquietudes y zozobras; no basta una palabra abstracta por muy fundamentada que sea. Necesita una palabra que contenga vida, que transmita vida. Por eso Jesús, buen conocedor del corazón humano, hace de la profecía de Isaías una palabra de vida: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír” (Lc 4,21).
Sí, esta es la buena noticia para el hombre de todos los tiempos; la palabra de Dios es Jesús, él es el Evangelio. Nosotros no predicamos una idea, ni el modo de hacer más fácil la vida; nosotros anunciamos a Jesucristo, el Hijo eterno de Dios que tomó nuestra condición haciéndose hombre en el seno de la María Virgen; anunciamos a Cristo muerto y resucitado, verdadero Dios y verdadero hombre.
Este es el anuncio de la fe que, desde los apóstoles, ha sido proclamado por la Iglesia extendida por el mundo entero, y que una vez más resuena en este templo con el deseo que llegue al corazón de los hombres, especialmente al de aquellos que han sido encomendados a nuestra solicitud pastoral.

III. Permitidme, mis queridos hermanos sacerdotes, que ahora me dirija especialmente a vosotros, en el momento en que vamos a renovar las promesas que hicimos el día de nuestra ordenación sacerdotal.
El Año de la Fe, como os he dicho en alguna otra ocasión, ha de ser un momento de gracia para mirar a nuestra propia vida de fe, con el propósito de renovarla, no sólo para nuestro bien, sino también para servir mejor al pueblo que se nos ha encomendado. Este momento de gracia no debería quedarse en un mero encargo añadido a nuestras ya numerosas ocupaciones.
Nuestra vida de fe es importante porque se convierte, por nuestro ministerio, en referencia y ejemplo para muchos hombres y mujeres. A pesar de nuestras debilidades y pecados, a pesar incluso de la falta de reconocimiento social de nuestro ministerio, son muchos los que esperan de nosotros un testimonio y una guía para poder vivir su fe en un momento difícil como el nuestro. Esto debe provocarnos, para vivir una vida de autenticidad; es una exigencia a la que hemos de mirar y asumir, sabiendo que somos colaboradores con Dios en la obra de la salvación de los hombres. Sí, suena duro y exigente, pero es así porque así ha querido Dios salvar a los hombres.
Nuestra fe, queridos hermanos, ha de ser confesante, pero sólo lo es cuando la fe se hace experiencia, cuando pasamos las horas junto al Señor, escuchando su Palabra y alimentándonos de su intimidad. Cómo se puede hablar de Dios sin conocerlo; cómo puede un sacerdote anunciar a Jesucristo sin una vida junto a Él. Es la intimidad de la oración la que nos hace amigos de Jesús, la que llena el corazón y abre el entendimiento para comprender las Escrituras. Nuestra predicación es pura retórica cuando no transmite a Dios; serán acertados consejos para ser buenos, pero no una llamada a ser santos como Dios es Santo.
La fe es confesante cuando trasluce confianza. El hombre de fe, el hombre de Dios, confía en el Señor, porque sólo Él tiene palabras de vida eternas (cfr. Jn 6,68). Muchas veces hemos de preguntarnos, pero ¿me fío del Señor?, ¿estoy convencido que para Él nada hay imposible, que todo lo puede?. ¿Sé descansar en el Señor, con la convicción que la Iglesia es suya y los hombres también?. Para una evangelización renovada, es necesario que transmitamos confianza en el Señor, que los hombres vean que me fío del Señor. No es nuestra misión convencer sino anunciar lo que hemos visto y oído (cf. 1Jn 1,3).
La confianza lleva a la obediencia, y me refiero a la obediencia de la fe. Esta obediencia no es un acto de la voluntad sin más, sino una consecuencia de la confianza en Dios. Por eso, la falta de la obediencia de la fe lleva a la esterilidad de nuestras obras de apostolado. Creerse dueño y señor de mi vida y trabajo es olvidar que lo que realizo es un encargo, una misión. Somos enviados por el Señor, en la comunión de la Iglesia; no somos trabajadores por cuenta propia sino parte de un cuerpo con una única misión. La obediencia de la fe exige coherencia con el Evangelio, aun a costa de hacer, decir o decidir lo que otros nos quieren oír. La obediencia de la fe exige también la aceptación libre y cordial de las mediaciones eclesiales. No basta con cumplir. La obediencia de la fe siempre lleva unida la cruz, la cruz que es camino de salvación, la cruz que no hemos de rechazar; todo lo contrario, hemos de abrazarla para abrazar en ella al Crucificado.
El camino de la fe es un camino apasionante, un camino de esperanza porque muestra el horizonte de belleza que dibuja la vida, una vida entregada en favor de los demás, una vida que se realiza en el amor. La crisis más profunda que sufren hoy los hombres, nuestros hermanos, es la crisis de la esperanza; y hay crisis de esperanza porque la fe es débil, porque hemos apartado a Dios de nuestras vidas. Es misión de la Iglesia llevar a los hombres a Cristo, para que en Él recobren la esperanza perdida. No tenemos ni oro ni planta, tenemos a Cristo que es el tesoro, la perla preciosa (cf. Hech 3,6).
La profesión de fe, no lo olvidemos, implica un testimonio y un compromiso. La caridad hace creíble la fe. Como dice San Pablo: “La mayor de ellas –de la virtudes- es la caridad” (1Cor 13,13). Nuestra fe sin caridad es estéril. Necesitamos poner amor en lo que hacemos, pero no cualquier amor, sino el amor de Dios. Ver en los otros al mismo Jesús que nos dice: “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo los hicisteis” (Mt 25,40). Imaginad, mis hermanos sacerdotes, cómo sería nuestra pastoral y nuestra diócesis, si en cada hombre y mujer, si en nuestra misión, viéramos al mismo Señor.

Queridos seminaristas, al decir esto a mis hermanos sacerdotes, pienso también en vosotros, y en los que vendrán después. El Señor y la Iglesia esperan mucho de vosotros. El camino de vuestra preparación al sacerdocio tiene que tener ya un estilo y un compromiso de vida mirando a lo que esperáis llegar a ser.
El comienzo de la vida del Seminario Menor es un signo de esperanza para nuestra Iglesia. Los adolescentes y jóvenes que muestran signos de vocación, encuentran una comunidad configurada como escuela de Evangelio, el mejor campo de cultivo para la posible llamada del Señor.
Nuestro Seminario Mayor, con la ayuda de la hermana iglesia de Cartagena, ofrece la formación necesaria para aquellos que han de servir al Señor en esta Iglesia que camina en Guadix. Sois los sacerdotes del futuro, que esperamos deis mucha gloria a Dios.
Encomendamos el Seminario al Buen Pastor de nuestra alma, Jesucristo, por intercesión de la Virgen María y de nuestros santos pastores.

IV. El ungido por el Espíritu, según la profecía de Isaías, es enviado a anunciar la buena noticia a los pobres y a los que sufre, a curar a los que tienen el corazón desgarrado, a proclamar una amnistía a los cautivos y a los prisioneros, a consolar a los afligidos, a proclamar un año de gracia del Señor. Esta es la misión de Jesucristo, el ungido de Dios. Y esta es también la misión que la Iglesia ha recibido de su Señor. “La Iglesia es para el mundo. La Iglesia no ambiciona otro poder terreno que el que la capacita para servir y amar al hombre” (Pablo VI, en la clausura del tercer período conciliar, 21 de noviembre de 1964).
En cada momento de la historia resuena en el corazón de la Iglesia el mandato del Señor: “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos” (Mt 29,19). Par responder a este mandato, el beato Juan XXIII, convocó un Concilio ecuménico, cuyo quincuagésimo aniversario de su apertura estamos celebrando en este Año de la Fe.
El concilio Vaticano II es “la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX. Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza” (Juan pablo II, Novo milenio ineunte, 57).
Ciertamente, como afirma el beato Juan Pablo II, el Concilio es y ha de ser una brújula que nos oriente en el camino de la renovación eclesial. Sin embargo, sólo será válida esta brújula si la conocemos, si sabemos cuál es su sentido verdadero.
El Concilio es una llamada a volver a Cristo y a su Evangelio. El Vaticano II es, ante todo, un concilio centrado en el Rostro de Cristo y en la Trinidad Santa. Sólo desde el misterio de Dios, revelado en Cristo, la Iglesia descubre su razón de ser y su misión. La Iglesia no es fin en sí misma, sino un instrumento para llevar a Cristo a todos los pueblos. La configuración de la comunidad eclesial ha de hacerse según el modelo de Cristo, su Esposo y Señor.
Por eso, la Iglesia mira al hombre para decirle que sólo en Cristo se esclarece el misterio de su humanidad. Cristo aparece como la clave del enigma humano, el que descubre su sentido, ya que es el hombre nuevo. “Cristo (..) manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación”, dice el Concilio (GS 22).
Os invito a todos a leer el Concilio, a volver a sus textos para comprenderlos, meditarlos y profundizarlos, con la intención de hacerlos vida, en primer lugar, en nosotros, y después, en nuestra acción pastoral. Os recuerdo que el verdadero Concilio está en sus documentos y no un concilio virtual que es más fruto del deseo, tocado por la ideología, que de la acogida creyente a lo que el Espíritu ha querido decir a la Iglesia. “Si lo leemos –los documentos- y acogemos guiados por una hermenéutica correcta, puede ser y llegar a ser cada vez más una gran fuerza para la renovación siempre necesaria de la Iglesia” (Benedicto XVI, Discurso a la Curia Romana (22 diciembre 2005).
María acompaña el camino de la Iglesia como Madre y discípula del Señor. A ella encomendamos el camino de esta iglesia local; en su regazo dejamos nuestros gozos y nuestras esperanzas, nuestras tristezas y angustias, especialmente las de los más pobres, con la seguridad, que ella siempre estará animado el camino del anuncio del Evangelio.

Cuenta San Lucas en el evangelio que Jesús, después de leer la Escritura, se sentó, como hacen los maestros para enseñar. “Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él” (v. 20). Que sea esta también nuestra actitud, miremos a “Aquel que nos ama y nos ha librado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén”

+ Ginés García Beltrán
Obispo de Guadix

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