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Dos pirotecnias de Granada triunfan con sus colecciones de fuegos artificiales

Un recorrido desde la fabricación a mano de la pólvora, la carga con los meteoros de colores, el empapelado con fieltro de seda y la disposición de las tracas y carcasas
25.03.10 – 01:41 – JAVIER F. BARRERA jfbarrera@ideal.es | GRANADA.

La pólvora hace ruido hasta cuando nace. 25 kilos de bolas de cobre machacan el carbón y el nitrato potásico dentro de las tripas de una hormigonera de madera de forma hexagonal. Las bolas de cobre chocan y rompen los minerales con un ruido ensordecedor. Lo hacen fino polvo. El resultado es una de las dos partes de la mezcla binaria de la pólvora con la que trabajan en la Pirotecnia Esteban Martín de Motril. En la finca abancalada, salpicada de chirimoyos, aguacates y limoneros se trabaja al aire libre, bajo chamizos y cañizos que protegen las labores del sol. Al fondo, el sol de marzo hace brillar el Mediterráneo con unas briznas que relampaguean a la luz del día como la pólvora que nace ruidosa coloreará con cohetes y palmeras las noches de agosto.
Antonio lleva veinte años de polvorista, cohetero y filósofo de la vida, artesano del fuego, su olfato y las yemas de sus dedos detectan cualquier cambio en el ambiente. Y en la pólvora: «Cuando va a llover se pone muy tonta», dice a la par que extiende sus brazos y los une, expresando como si la pólvora se hinchara al presentir la lluvia, tremendo adversario, que fustiga ahora en el parto y al final de la vida cohetera, cuando la amenaza de agua del cielo impide disparar las colecciones y frustra las fiestas del pueblo.
La otra parte de la mezcla binaria ‘nace’ en otro de los chamizos. La sala de partos esta vez es una hormigonera de cobre, las bolas son de madera y se pueden abarcar de dos en dos con la palma de la mano. Se alimenta con azufre y carbón. Estas masas llevan siempre estas sustancias elementales. Para los diferentes tipos de pólvora, se utilizará más carbón de vid o sarmiento, se añadirá este producto o el otro, en un recetario que el polvorista Antonio guarda, celoso, en la libreta de mezclas que se transmite en esta pirotecnia desde hace tres generaciones. Una vez dispuestas las dos partes de la mezcla binaria queda un paso más, sutil y peligroso. «Aunque cada sustancia que forma la pólvora puede arder por sí sola, el peligro se multiplica cuando mezclamos las dos masas de las dos hormigoneras, ya que es la pólvora que rellenará las tripas de petardos, cohetes, bombas, tracas y volcanes… Por eso lo hacemos a mano, para que no salte ni una sola chispa». Antonio vuelca las dos partes de la mezcla sobre un papel duro, acartonado y ennegrecido por la pólvora y, con el tamiz, empieza a pasar las dos mezclas para que, ya definitivamente, nazca la pólvora motrileña con unas fórmulas y combinaciones químicas que se remontan a finales del siglo XIX. Quizá por tanta carga de historia y tradición, Antonio el polvorista, más que trasegar la pólvora, la acaricia con mimo, como se acaricia a un recién nacido.
La pólvora es la materia prima, el relleno explosivo de los fuegos artificiales. También es el primer paso. Ahora hay que dar el color, fundamental para que los fuegos artificiales contenten al respetable. Es una mezcla de pólvora, goma de pegar y, según el color, se añade estroncio para el rojo, cobre para el azul, sodio para el amarillo, antimonio para el blanco y bario para el verde. Se hacen bolitas de varios tamaños, tacos y pastillas más grandes para las carcasas de treinta kilos. Se utiliza una máquina de prensado y se guardan por bandejas en armarios de madera, por lo de la ausencia de chispas.
Con la pólvora y las bolas de colores, se montan las carcasas, también llamadas morteros, de variados tamaños que se miden en calibres. En este momento están probando una de treinta kilos, que tiene tres kilos más de pólvora para lograr que se eleve. Está rellena por una parte con bolas de diversos colores y por la otra semiesfera con pastillas como más estiradas. «El efecto que se pretende conseguir es que no sean palmeras, sino una especie de medusas. Primero explotan las bolas de colores y luego las que forman una especie de rayos. Queda muy bonita y aquí gusta mucho». Es la forma de trabajar. No hay otra. Da igual qué calibre sea. Las carcasas van desde un calibre 75 hasta el 400. Los volcanes (de color, silbidos o gruñidores) son de calibre 75 ó 100. Las candelas romanas, de calibre 30, 40 y 50 se fabrican con la pastilla del color elegido, se mete en el tubo y cuando prende la mecha suben y hacen preciosas estelas de color. Según la carcasa que se utilice, la pólvora elegida, y las bolitas de colores distribuidas, sale un tipo de fuego artificial u otro. Solo queda presentarlos. «En el caso de las bombas gordas de treinta kilos, explican en Motril, van forradas con cartón prensado y envueltas y atadas por tres veces en papel de seda de colores, porque la presentación luego de la colección también importa. Todos los fuegos artificiales, antes de quemarlos, tiene que ser también coloridos. Bonitos». Y lo son.
Quedan los petardos, los cohetes y las tracas, fundamentales para el espectáculo, y algo más sencillo quizá de producir en esta artesanía del fuego. La pirotecnia María Angustias, en Guadix, es un buen ejemplo de este tipo de producción, aunque tienen de todo y bueno. Si en Motril la fábrica es un vergel tropical al aire libre la pirotecnia accitana trabaja en el interior de las cuevas. En ambos casos, una producción natural para el fuego artificial en la que se utiliza el clima y el terreno en provecho de la industria: «En las cuevas se mantiene la temperatura todo el año. No necesitamos climatización y es mucho más seguro en todos los aspectos», razonan los hermanos Pérez Aranda. Antonio Luis se acomoda entonces en una sillita de anea, se encorva sobre una máquina, y lía con cinta de plástico (la etiqueta, se llama) una varilla al canuto de corcho que ya está relleno con las dos pólvoras, la que le llevará al cielo y la que le hará explotar en un clásico chupinazo sanferminero. Esta operación se repite cueva adentro miles de veces a lo largo del año, ya que los cohetes «tienen mucha demanda», explica. Queda el trueno de traca y el petardo. «El petardo no supera los dos gramillos de pólvora y van en su característica funda. Y están esos que llaman los ‘binladen’, que pueden llegar a tener tres gramos». Se ve que lo de los petardos no es que no le haga gracia, pero es como si hablando de fútbol la conversación se enquistara en la Regional Preferente. Él, quiere hablar del Madrid o del Barça. De la Champions. Y, entonces, dos operarios aparecen con una traca con sus truenos de colores colgando: «Son parecidísimos a los cohetes. Es un canuto de corcho prensado, se le pone la pólvora pertinente y la funda de colores. Luego se pone la mecha con los retardos pertinentes».
Las pirotecnias se diferencian entre ellas entre fabricantes y disparadoras. Esta de Guadix, dispara ‘que pa qué’. Acaban de hacerlo en la plaza del Ayuntamiento de Valencia y en Fallas, que deber ser ‘la Catedral’ de la pirotecnia mundial. Ahí, en las colecciones, entra la ciencia de los diseños, los retardos dentro de los grandes fuegos y las mechas cortadas al centímetro para que todos los fuegos salgan disparados como se desea y formen en los cielos las figuras y combinaciones. Para ello, como ya no se pueden prender a mano, se utiliza una máquina digital programada a conveniencia. Es quizá la única innovación real patente en todo el proceso. En Guadix, van a probar una nueva combinación. Se revisan las medidas de seguridad y se disponen los tubos y las tracas. Una vez todo dispuesto, justo antes de que salgan disparados cielo arriba, se oye a alguien murmurar su particular mantra pirotécnico: «Polvo eres… y en pólvora te convertirás».

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