HOMILÍA DE LA MISA PONTIFICAL EN LA SOLEMNIDAD DE SAN TORCUATO, OBISPO Y MÁRTIR, PATRONO DE LA DIÓCESIS

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HOMILÍA DE LA MISA PONTIFICAL EN LA SOLEMNIDAD DE SAN TORCUATO, OBISPO Y MÁRTIR, PATRONO DE LA DIÓCESIS

Excmo. Cabildo Catedral de la S.A.I. Catedral;
Hermanos sacerdotes y diácono;
Miembros de los institutos de vida consagrada;
Sr. Alcalde y miembros de la Excma. Corporación municipal;
Dignas autoridades.
Queridos hermanos y hermanas en el Señor.

La fiesta de san Torcuato nos acerca cada año hasta el origen de la fe apostólica de nuestro pueblo. De alguna manera nos hace recrear la aventura de la primera evangelización de la Hispania romana por los discípulos del Señor Jesús, en medio de una Iglesia naciente que no se detenía ante ninguna dificultad, aunque se tratara de la entrega de la propia vida. Enviados a anunciar el Evangelio que habían recibido del mismo Jesús e impulsados por la fuerza del Espíritu Santo que recibieron el día Pentecostés, cumplían con el envío al que habían sido destinados: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación” (Mc 16,15).

Me gustaría recrear ahora, en este momento del camino de nuestra Iglesia, la actitud de aquellos hombres, de Torcuato y sus seis compañeros, enviados desde Roma por el apóstol Pedro. No imagino a unos hombres tristes que vinieran a anunciar calamidades, y que lo hicieran a la fuerza, sin fervor, como algo que hay que cumplir, más como carga que como deseo del corazón, como una rutina impuesta por la tradición o la autoridad de quien fuera. No imagino a funcionarios del Evangelio destinados a los confines del mundo entonces conocido. Quiero, más bien, imaginar, porque así fue, a un grupo de hombres con una fe convencida y viva, que atraídos por Jesucristo y su Evangelio, habían dejado todo para anunciarlo. Eran hombres, que por la predicación de aquellos que habían sido testigos de la resurrección del Señor, habían sido contagiados por la nueva vida de Jesús de Nazaret y venían dispuestos a contagiar a lo demás, aunque por ello les costara la entrega de la propia vida.

Volver al origen gozoso y fecundo de nuestra fe es necesario y fundamental para que la Iglesia que camina hoy en Guadix no viva en una situación de acomodo, más preocupada por el recuerdo y la conservación de un glorioso pasado, que por dar respuesta, igual de generosa que la que dieron otras generaciones, al don de la fe. Es una llamada a volver al primer amor, a vivir en la docilidad de la fe recibida y en la fortaleza para confesarla ante los hombres.

Acogemos gustosos la invitación del Papa Francisco a vivir una etapa evangelizadora marcada por la alegría: “La alegría del Evangelio” llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría (..). Quiero dirigirme a los fieles cristianos para invitarlos a una nueva etapa evangelizadora marcada por esa alegría” (EG, 1).

En el camino de la fe siempre tenemos la luz de la Palabra de Dios que alumbra y guía la existencia, dando sentido a lo que somos y hacemos. Dejémonos, por tanto, iluminar por la Palabra que se nos ha proclamado hoy.

Moisés, en el libro del Deuteronomio, invita al pueblo a hacer memoria, pero memoria, ¿de qué? Memoria de la acción de Dios, de las maravillas que ha hecho en Él. Memoria que da sentido a su origen y al camino que el pueblo recorre hoy, pues así las conquistas son un motivo de acción de gracias y las dificultades y fracasos una invitación a no desfallecer, a seguir adelante porque no estamos solos, Dios viene con nosotros. Toda nuestra historia es el reconocimiento que “el Señor es Dios y no hay otro fuera de él”. Es el Señor quien llamó a nuestros padres y nos liberó de la esclavitud. El reconocimiento de Dios en nuestra vida es también una llamada a vivir sus mandamientos “para que seas feliz tú y tus hijos después de ti, y prolongues tus días en el suelo que el Señor tu Dios te da para siempre”.

Queridos hermanos, qué importante es la fe en la vida del hombre. La fe no es un adorno, la fe marca y orienta todos los ámbitos de la vida humana, tanto personal como social. No es igual creer que no creer. Cuando un hombre o una mujer se sumergen en el misterio de un Dios que lo ama sin límites, no puede quedar indiferente, la vida ya no puede ser entendida ni vivida del mismo modo que antes del conocimiento o reconocimiento del Dios verdadero. El ser humano tiene necesidad de Dios para no hundirse en el sin sentido de una existencia intrascendente; por eso, cuando se aparta al Dios verdadero nace el mercado de diosecillos que compiten por ganarse al hombre con el único propósito de esclavizarlo. La garantía de la libertad y de la felicidad humana es un Dios que nos ama y nos pide amar a los demás como Él mismo nos ama. Y la prueba más clara de la verdad de su amor es que envió a su Hijo al mundo para que el mundo se salve por Él, entregando el don de su propia vida.

Nuestra memoria, la memoria cristiana, es por esto una memoria agradecida. Es la memoria de san Torcuato y sus compañeros, la memoria de Luparia y de los santos de esta Iglesia de Guadix, es la memoria de tantos creyentes sencillos que han conocido y gustado la alegría del Evangelio, el gozo de una vida según la voluntad de Dios.

La aventura de la evangelización de esta Iglesia, como toda la evangelización, es una obra del amor. Lo expresa con gran belleza san Pablo en la primera de sus cartas a los Tesalonicenses que acabamos de proclamar: “Os teníamos tanto cariño que deseábamos entregaros no sólo el Evangelio de Dios, sino hasta nuestras propias personas”. Sin amor no hay evangelización. Para seguir evangelizando hoy a nuestro pueblo hemos de amarlo. No se entrega la vida sino por amor, no se desgasta cada día la existencia por alguien a quien no se quiere. El amor a nuestro pueblo nos exige renovar nuestra fe y nuestro fervor para seguir llevando a Cristo. Las dificultades que las hay, porque siempre las ha habido, tienen que ser un acicate para no rendirse ante los problemas; nos mueve la hermosa tarea de que los hombres conozcan al Señor y lo amen. La fe cristiana ha sido, y ha de seguir siendo fundamento de esta tierra.

Pero para esto, el grano ha de caer en la tierra; “si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda infecundo; pero si muere da mucho fruto”. Es la paradoja y la vocación del Evangelio, que no busca el éxito de este mundo, ni se fundamenta en números ni estadísticas. Morir es vivir. Caer en la tierra, hacerse tierra, vivir en la tierra de los hombres, compartiendo sus esperanzas e ilusiones, sus angustias y tristezas es la misión de la Iglesia; una Iglesia que, desde hace dos mil años, ha sido solidaria con esta tierra y sus gentes, y hoy renueva su voluntad decidida de estar al servicio de los accitanos como lo estuvo san Torcuato.

San Torcuato vino hasta la Acci romana, aquí anunció el Evangelio de Jesucristo, y aquí entregó su vida de un modo martirial. El mártir es testigo del Señor Jesús hasta la entrega de la vida, y si es necesario con el derramamiento de sus propia sangre. El martirio ha sido una realidad que no ha abandonado nunca a la Iglesia a lo largo de su historia, como lo anunció el mismo Señor. También hoy hay hermanos nuestros que siguen derramando su sangre por ser cristianos. Quiero hacer presentes de un modo especial a esos mártires de la fe de hoy. Hombres y mujeres que mueren por el hecho de ser cristianos, como consecuencia de la barbarie de los que toman el nombre de Dios en vano, y ante la indiferencia de un mundo occidental lleno de prejuicios religiosos, e incapaz de distinguir el bien del mal, más preocupados de levantar fronteras que de construir una mundo fraterno.

El martirio de nuestro Patrón me invita a destacar tres signos que definen el martirio cristiano, y que hoy para nosotros accitanos, debe seguir siendo un signo de identidad y una apuesta por un futuro en esperanza para nuestro pueblo. Los elementos que identifican al mártir de Cristo son: confesión de la fe, perdón y entrega de la vida.

El mártir de Cristo muere en y por la confesión de la fe. Le quitan la vida porque no renuncia a confesar el señorío de Cristo. Nuestro testimonio hay ha de ser el de la confesión sincera, convencida y generosa de la fe en Cristo. No hemos de temer vivir como el Señor nos pide, ni podemos dimitir del anuncio del Evangelio a un hombre, y en una sociedad indiferente que parece no necesitar este don precioso. Con convicción y paciencia, con amor y alegría, en definitiva, con el testimonio de la propia vida, hemos de emprender cada día la apasionante aventura de la evangelización.

El mártir de Cristo siempre muere perdonando; es motivo de reconciliación. Qué testimonio más hermoso, pues creo que hoy, cada uno de nosotros, nuestra sociedad, tiene necesidad de perdón. Necesitamos perdonarnos a nosotros mimos –muchos de nuestras problemas personales tienen su origen en una falta de perdón de nosotros, de nuestro modo de ser, nuestro aspecto físico, nuestra historia-; perdonar a los demás, no hacer del otro mi rival o enemigo, sino mi amigo o mi hermano. Cuánto necesitamos mensajes de reconciliación, necesitamos verlos en la vida pública y en la privada. Hemos de desterrar cualquier violencia, también la verbal e ideológica, de lo contrario estamos transmitiendo a la sociedad que son más importantes las ideas –las ideologías- que las personas, y así estamos abocando a nuestro pueblo a la desconfianza y a la falta de fe en todo y en todos. Pero, ¿cómo vamos a perdonar si nadie nos perdona, si no tenemos experiencia de ser perdonados?. “Insisto una vez más: Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia. Aquel que nos invitó a perdonar «setenta veces siete» (Mt 18,22) nos da ejemplo: Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría. No huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos, pase lo que pase. ¡Que nada pueda más que su vida que nos lanza hacia adelante!”, son palabras del Papa Francisco (EG, 2).

El último elemento que define el martirio cristiano es la entrega. El mártir, como Cristo, entrega su vida. Es un acto libre y generoso. No es fruto de la fortaleza humana sino de la fuerza de la acción de Dios. Muchos testimonios martiriales nos muestran la flaqueza natural y el miedo de los que habían de morir mártires; sin embargo, en el momento del martirio se han convertido en un verdadero testimonio de fortaleza. Hoy también nosotros pedimos a Dios el don de la generosidad. Esta tierra bendita, adornada por la belleza natural y la bondad de sus gentes, pero castigada por una crisis de resonancias económicas, pero de origen antropológico y ético, necesita de mucha generosidad, generosidad de todos, pero especialmente de los que tenemos alguna misión en la vida social. Es necesario, quizás como nunca, el testimonio de unidad y de mutua colaboración; que nos duela nuestra gente, y que solos ellos sean nuestra preocupación y aspiración. Como acabamos de decir los obispos españoles en la Instrucción pastoral, “Iglesia, servidora de los pobres”, hemos de devolver al hombre la primacía que le corresponde en el orden de la creación y en la sociedad, poniendo a su servicio todos los bienes de la tierra. “Necesitamos un modo de desarrollo que ponga en el centro a la persona; ya que, si la economía no está al servicio del hombre, se convierte en un factor de injusticia y exclusión. El hombre necesita mucho más que satisfacer sus necesidades primarias” (n 23). La primacía del ser humano exige la defensa de la vida desde el momento de su concepción hasta la muerte natural. Nunca se puede ser un derecho quitar la vida, ni anteponer los derechos del fuerte sobre los del más débil. La primacía del hombre exige también una vida digna. No quiero olvidar tampoco la libertad de los padres para elegir la educación que quieran para sus hijos, incluyendo la enseñanza religiosa y moral. En fin, la primacía del hombre es una llamada a trabajar por el bien común, esforzarse por él es exigencia de justicia y caridad. En este trabajo por el bien de todos nos han de preocupar de un modo especial los más desfavorecidos.

Pidamos hoy por nuestra tierra y por nuestros hermanos; por todos los hombres y mujeres de este mundo, pero hagámoslos con miras amplias, como dice santa Teresa de Jesús a las monjas del convento de san José: “No, hermanas mías, no es tiempo de tratar con Dios negocios de poca importancia” (Camino de perfección, cap. 1, 5).

Termino pidiendo a san Torcuato, lo que le pedimos en el himno: “Obispo amoroso tus ojos mortales vieron a la Virgen en Jerusalén; ya que no tus ojos danos tus virtudes para que el cielo la podamos ver”.

+ Ginés, Obispo de Guadix

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