Desde el Zaidín a Pekín, solo y en bici

Un bibliotecario de Granada realiza solo y en bici la mítica Ruta de la Seda. Juan Martín López salió del Zaidín y pedaleó a lo largo de 25.500 kilómetros durante 312 días hasta llegar a Pekín
26.10.10 – 02:12 – ALEJANDRO MOLINA | GRANADA.

¿Qué lleva a un bibliotecario de Granada a pedalear en solitario a lo largo de 25.500 kilómetros? Quizá no lo sepa ni él mismo. La fuerza que empujó a Juan Martín López a separarse de su mujer y su hija durante un año para completar la mítica Ruta de la Seda debió ser la misma que sintieron los grandes navegantes del siglo XVI.
Esa fuerza que te empuja a seguir cuando tu cuerpo te dice que pares o la irresistible atracción que lleva al montañero a explorar aquel pico al que nunca ha subido. Gestas en las que el viajero se mezcla de lleno con el paisaje y el «paisanaje», en las que se descubren nuevas formas de vida y tras las cuales, su visión del mundo y sus moradores ya nunca volverá a ser igual.
Todo eso, y mucho más, es lo que transmiten los ojos de este sevillano afincado en Granada que un 21 de agosto de 2009 comenzó a pedalear en el granadino barrio del Zaidín, donde reside, con la determinación de llegar a Pekín en solitario, meta que alcanzó 312 días después.
La primera duda que asalta cuando se habla con Juan es saber cómo reaccionó su mujer cuando le dijo que iba a realizar este viaje. Él sólo tiene palabras de elogio para su pareja, aunque admite que se lo tuvo oculto durante mucho tiempo porque sabía lo duro que sería para ella. «He de reconocer que me sentí mal, pero ves que el tiempo pasa, tengo 38 años y sabía que si esperaba ya nunca lo haría. Lo cierto es que no se lo dije a casi nadie, no hubo fiesta de despedida ni nada por el estilo. Puede decirse que me fui casi por la puerta de atrás», explica.
Según Juan, ése fue el trago más amargo, a partir de ahí, todo salió según lo previsto y sin especiales problemas. Claro, que para el protagonista de esta historia atravesar un túnel de varios kilómetros con el suelo helado y a ciegas, no es un problema.
«Te das cuenta del peligro una vez que ha pasado, no en el momento. El día del túnel fue quizá el más duro, en Tayikistán. El suelo estaba congelado y para colmo se me acabó la batería de la luz, me quedé completamente a ciegas y sólo. Al andar me resbalaba y me caía al suelo, fue angustioso. Tras horas de penalidades conseguí llegar al final y ante mi había uno de los paisajes nevados más bonitos que he visto nunca. Son las paradojas de la vida, en pocos minutos pasas de creer que estar muerto a estar en el paraíso», comenta Juan.
Difícil llegar y difícil entrar
Pero más allá de las dificultades físicas, Juan explica que su pesadilla fueron los visados. Entrar en 21 países no es fácil, pues como él dice, «a veces depende del humor del soldado que hay en la frontera y no puedes hacer nada. En un viaje tan largo no los puedes solicitar con mucha antelación y tienes que ir tramitándolos a medida que avanzas. Gran parte del presupuesto del viaje se fue en esto».
Un presupuesto que, por otro lado, fue de unos 22 euros diarios, bastante económico si se tiene en cuenta el tiempo que ha estado fuera y la cantidad de países recorridos. Sin duda, a esta economía contribuyó la generosidad de las numerosas personas que lo han acogido, algo que ha marcado profundamente a Juan.
«Es increíble ver cómo gente que no te conoce de nada te acoge en su casa y te da su comida. Especialmente en los países musulmanes, donde el viajero es tratado extraordinariamente. Recuerdo cómo en una ocasión me quedé a dormir en casa de una familia kurda muy pobre. Al día siguiente, cuando me estaba despidiendo, les di las gracias y me dijeron que eran ellos los que tenían que darme las gracias a mí por haberme elegido. Esto resume la visión del viajero que tiene esta cultura.
Y es que como Juan dice, «cuando te mezclas así con la gente de un país te llevas muchas sorpresas y te quitas muchos tópicos». Ése es el caso de Irán, un país que despertaba en él recelos y al que ahora le une un gran cariño. «El mundo no es lo que aparece por televisión. Cuando convives con los iraníes ves que son un pueblo excepcional. La gente con la que yo he estado tampoco está de acuerdo con su gobierno y sufren. Me he sentido muy bien allí y me encantaría volver algún día».
Detalles que han provocado que exista un antes y un después de la ruta de la seda en la vida de este ciclista. Y todo gracias a una bicicleta de acero, 40 kilos de equipaje una voluntad de hierro y, por qué no decirlo, un estómago a prueba de bombas. «Curiosamente, no me he puesto enfermo, esperaba tener diarreas y ese tipo de cosas, pero no ha sido el caso. Una torcedura de tobillo y una pequeña reparación en la rueda trasera han sido los mayores percances».
En cuanto al idioma, de nuevo vuelven a fallar los tópicos. Aunque Juan reconoce que el inglés es muy útil, son el ruso y turco las lenguas más extendidas desde Turquía a Pekín. Aunque, como él dice, «un pequeño libro con fotografías y el gesto universal de llevarse la mano a la boca para pedir comida son suficientes para recorrer el mundo».
Al final, la sensación que queda después de escuchar a Juan es que lo mejor del viaje no era la meta, sino el camino. «Cuando llegué a Pekín no tuve un sentimiento de euforia ni de exaltación. Fue más bien un sentimiento de paz, como cuando se cierra un ciclo».
Las anécdotas y curiosidades de esta gesta darían, sin duda, para escribir cientos de páginas, pero cuando se le pregunta a Juan por aquello que no olvidará, no hay duda. «Para mí lo más sorprendente es ver que se puede ser feliz con muy poco. Conocer a personas que no tienen a penas nada pero que siempre tienen una sonrisa en la cara. Algo de lo que todos deberíamos aprender».

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