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Domingo de Ramos por D. Ginés García, obispo de Guadix

HOMILÍA EN EL DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

Guadix, 20 de Marzo de 2016

Con Jesús que entra en Jerusalén como Rey humilde, comenzamos la Semana Santa. Dos momentos importantes marcan el ritmo y el sentido de esta celebración dominical. Por una parte, la peregrinación que hemos realizado con palmas y olivos, recordando aquel día en que nuestro Señor fue aclamado como Rey en la Ciudad Santa, y en un segundo momento, la pasión de Jesucristo en el relato de San Lucas que acabamos de proclamar.

Peregrinar es un gesto propio de nuestra condición humana. El hombre es peregrino por propia naturaleza. Peregrinar es salir de sí para abrirse a un camino que por previsto que sea siempre es novedad. El que camina siempre arriesga, pero el que no se atreve a caminar nunca llegará a la meta. El camino siempre es la posibilidad y el lugar del encuentro con el otro. Si no caminamos es difícil que nos encontremos con los demás o con Dios mismo. Jesús ha salido del Padre para realizar un camino y encontrarse con el hombre, ha compartido todo con nosotros, se ha hecho uno de los nuestros. La entrada en Jerusalén es la etapa culmen de un camino emprendido en Galilea. Jesús no entra en la Ciudad de Jerusalén como fruto de la casualidad o de una imposición, lo hace libre y voluntariamente.

El evangelista Lucas lo expresa así: “Jesús echó a andar delante, subiendo hacia Jerusalén”. Jesús en su entrega va el primero, va delante de nosotros, nos precede. Con paso decidido, sabiendo lo que le espera, con la zozobra propia de su condición humana, pero confiado en la voluntad de su Padre. Echó a andar como un acto de la suprema libertad humana, y al mismo tiempo como cumplimiento del plan de Dios. Es un ejemplo para nosotros, y una invitación a tomar la vida, nuestra vida cristiana, con confianza, pues sabemos que el Señor viene con nosotros, que va delante de nosotros marcando el ritmo y dando sentido a la existencia.

Hoy, con Cristo, también nosotros entramos en Jerusalén. La celebración de los misterios que vamos a vivir en estos próximos días va a renovar nuestra vida de fe, renovando también la esperanza y la caridad. Los cantos de alabanza al Señor, los Hosannas y las manifestaciones populares del corazón cristiano de nuestro pueblo serán una confesión de la fe en Cristo, que por nosotros se entregó hasta la muerte, y una muerte de cruz.

La liturgia del Domingo de Ramos en la pasión del Señor es una invitación a contemplar el rostro de Cristo. La lectura en el relato evangélico de lo que aconteció hace años en Jerusalén es una lección para vivir el momento presente. El Evangelio no es una narración de arqueología del pasado, sino un mensaje de vida para hoy que ilumina la situación de la humanidad y su camino hacia la Pascua. La pasión del Señor ilumina nuestra vida y le da sentido. Contemplar el rostro de Cristo es identificarse con Él, y la voluntad de compartir también con Él su entrega al Padre en favor de la humanidad. Si la existencia de Cristo es una pro-existencia –una existencia para los demás-, también la nuestra ha de serlo. Una vida que no se entrega no es vida, no sirve para nada.

La Pascua del Señor es el mayor acto de misericordia de Dios para con nosotros. Dios nos ha dado en su Hijo la misericordia que no merecen nuestros pecados, pues cuando no valíamos nada se entregó derramando su sangre para pagar el precio de nuestra salvación. En la pasión y muerte del Señor se ve también su corazón apasionado por la humanidad, por la obra de sus manos. Al recorrer con el Señor su pasión, comprobamos lo que ha hecho por nosotros, y cómo nos hace participes de su poder y su bondad. Muchas veces decimos: yo no puedo. Pues todo lo podemos en Aquel que por nosotros ha dado su vida. Lo que sostiene toda vida cristiana es el poder de la cruz, el poder de la misericordia de Dios.

Jesús en su pasión y muerte toma de la mano a los pobres de este mundo, a los desheredados y a todos los que han perdido la esperanza. Los crucificados de la historia pueden encontrar en Cristo un lugar donde recostar la cabeza, una mano dolorida y amiga que los sostenga en su debilidad y que los levante de las caídas. Los brazos abiertos del Salvador acogen a toda la humanidad, y de un modo especial a los más necesitados. En el costado abierto del Señor se hunde la Iglesia para ser testimonio e instrumento de misericordia en nuestro mundo. No podemos caer en la tentación de pensar que basta dar a los pobres lo que necesitan materialmente, y naturalmente que hay que hacerlo, pero los pobres, y todos somos pobres, necesitan a Dios. El Papa nos ha advertido que “la peor discriminación que sufren los pobres es la falta de atención espiritual. La inmensa mayoría de los pobres tiene una especial apertura a la fe; necesitan a Dios y no podemos dejar de ofrecerles su amistad, su bendición, su Palabra, la celebración de los Sacramentos y la propuesta de un camino de crecimiento y de maduración en la fe. La opción preferencial por los pobres debe traducirse principalmente en una atención religiosa privilegiada y prioritaria” (EG 200).

Todos los cristianos estamos llamados a salir al encuentro del hermano necesitado viendo en él al mismo Cristo que nos invita a compartir la vida. Cuando lo hicisteis –o no lo hicisteis- con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis, nos dice en el Evangelio.

La profecía de Isaías que acabamos de escuchar nos presenta la figura del Siervo de Yahvé, y la clara conciencia de su misión y de su destino. Pues ¿cuál es su misión? “Saber decir al abatido una palabra de aliento”, para ello antes ha de escuchar como discípulo. Su destino será la incomprensión, el escarnio y hasta la muerte, pero sabe que no está sólo, por eso no se sentirá defraudado. En definitiva, nuestra vida está dentro de un proyecto de amor, es un proyecto del amor de Dios que no va a quedar inacabado sino que llegará hasta el final.

Lo que nos ha enseñado el profeta en la figura del Siervo, en la que ya vemos anunciada la figura misma de Cristo, es también la misión de un cristiano, la que en la Semana Santa estamos llamados a celebrar y vivir sacramentalmente. Somos discípulos a la escucha de la Palabra. El Señor con el testimonio de su vida nos va instruyendo para que seamos signos visibles de su presencia entre los hombre. Somos enviados a decir una palabra de aliento a los abatidos. Esta palabra se hace obra en nuestra caridad. La escucha del hermano, la comprensión, la compasión, la ayuda y el compartir la vida es lo que Dios hace y quiere hacer a través nuestro. Es lo que Dios hace cada día con nosotros que ante Él siempre estamos necesitados. En el Señor nunca nos sentiremos defraudados. Ojalá que en estos días se crucen la mirada de Jesús con la nuestra para hacernos hombres y mujeres nuevos.

Miremos también a la Madre dolorosa, y aprendamos de ella la fidelidad incondicional y hasta el final a Cristo. Que su ejemplo de fortaleza y de ternura impriman en nosotros el verdadero ser de los discípulos del Señor. La mirada de misericordia de la Virgen Madre sea nuestro consuelo y sostén.

“Hermanos, celebremos hoy la entrada de nuestro Rey, vayamos delante de él, porqué él es nuestro Dios. Hoy mismo entra en Jerusalén, de nuevo se prepara para la cruz, se rompe la acusación de Adán; de nuevo el paraíso se abre, y el ladrón entra en él; de nuevo la Iglesia está en fiesta. No viene acompañado por poderes invisibles del cielo ni de legiones de ángeles; no se sienta en un trono sublime y elevado, no está protegido por las alas de los serafines. Viene escondido en la naturaleza humana. Es un advenimiento de bondad, no de justicia; de perdón, no de venganza” (San Cirilo de Alejandría).

+ Ginés García Beltrán
Obispo de Guadix

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