Miguel Ríos en Granada: A los hijos y nietos del rock

Unas 10.000 personas aclaman al granadino en el explosivo arranque de su última gira. Lapido, Amaral, Manolo García y Rosendo, entre otros, acompañaron al artista en el Palacio de Deportes
18.09.10 – 01:53 – ÁNGELES PEÑALVER | GRANADA.

Los viejos y grandes rockeros jamás desaparecen del imaginario colectivo ni de los corazones del público, pero si han de marcharse lo hacen a lo grande, con las botas puestas. Así lo demostró anoche Miguel Ríos en el Palacio de Congresos de Granada, reventón de gente, unas 10.000 personas, y animado como pocas veces en los últimos años.
Toda Granada, la musical, la cultureta, la clase política y la de a pie, le rindió pleitesía al tipo recortado, con chupa de cuero negra y pelo canoso que apareció en el escenario a las nueve y media de la noche. Lo suyo no es gallardía, es una suerte de inexplicable juventud que mantiene pese a haber cumplido los 65 años. Lo de ‘Bye, bye Ríos Rock hasta el final’, nombre de la gira, se quedó minúsculo para explicar varios momentos en las tablas y en el graderío.
Lo de que Miguel Ríos se jubile es una auténtica ‘putada’ después de ver el momentazo musical que ofreció junto a José Ignacio Lapido en el sexto tema de la noche, ‘En el ángulo muerto’, del ex componente de 091. El protagonista dijo que su invitado -guitarra en mano- era uno de los mejores compositores de rock español. Juntos construyeron un brutal duende musical, una maestral intensidad guitarrera y vocalística que hizo toparse de bruces con otra realidad: Granada es cuna de artistas implacables. La malafollá, la tristeza y la invisibilidad de la que habla la canción hicieron aguas por todos lados. Aplaudió hasta el apuntador y los vellos de muchos brazos se levantaron para la solemne ocasión.
«Ni en el sueño más bello de mi vida podía pedir esto», dijo ‘Maiquel’ -así lo coreaban algunos- con las manos metidas en sus bolsillos negros. Antes de eso, había interpretado en solitario ‘Memorias de la carretera’ -tras una ovación ensordecedora que abrió la velada- y ‘Bienvenidos’, con la entrega total del respetable, a quien el cantante dio las gracias una y otra vez. Lo de profeta en su tierra quedó saldado en esta primera cita de los dos conciertos de despedida.
‘Generación límite’ la escenificó con los ojos cerrados y la remató de espaldas con los brazos y las piernas abiertas. Y ‘Antinuclear’ -del disco ‘Rock de una noche de verano’ (1983)- la adornó con el puño alzado. Las abuelas fumetas, que las había, debieron alucinar mientras las grandes pantallas del fondo proyectaban llamaradas; y los padres comprometidos -había muchos que acudieron con su prole de todas las edades- debieron aprovechar la ocasión para explicarle a sus hijos que Miguel Ríos tiene una potente vena reivindicativa, como demostró más tarde en ‘Niños eléctricos’, esos que están «sufriendo el apagón familiar».
Una gran banda
Pero allí de apagón hubo poco: las pantallas, la pirotecnia visual y, sobre todo, la gran banda de la que se hizo acompañar el cantante, alejaron a leguas la cacareada crisis. Los siete músicos sobre escena, algunos enfundados en sus gafas de sol negras, brillaron. Entre ellos destacaron los metales, que pusieron un exquisito toque ‘soulero’ a la noche, y la impagable presencia de José Nortes a la guitarra y a la dirección musical. Su aire ‘grunge’ y su enfebrecida puesta en escena caldearon aún más las tablas.
Pero si de calor hay que hablar, el momento de Ana Belén y Miguel Ríos, abrazados, besándose, mirándose e interpretando juntos ‘El río’ fue uno de los más tórridos. Él, con el pulgar sujetando la parte superior del micrófono de mano, y ella, con un escote y una silueta de vértigo. ¿De dónde diablos habrá sacado esta generación de artistas tanta gasolina para mantener los motores a todo trapo casi cincuenta años después?
Antes, el protagonista se había cantado él solito ‘Raquel es un burdel’, ‘Cosas que debo a Madrid’, ‘No estás sola’ y ‘Vuelvo a Granada’, esta última hizo correr desde las concurridas barras hasta las gradas a los más aficionados a la bebida. Por cierto, que el Ríos no se echó ni un trago en la primera hora y media de concierto, en la que enlazó un tema con otro, salvo algún pequeño ‘speech’ seguido con fervor por los suyos. Y eso que botó, apuntó al público con sus dedos de pistolero forajido del tiempo, movió sus caderas y sudó la chupa sin darse una tregua.
Presentó como quien no quiere la cosa a la banda Gold Lake, y eso que la cantante, Lua, es su hija. Pero él omitió ese dato y dijo que era un grupo poco conocido. Juntos hicieron ‘Un caballo llamado muerte’, la gente se volvió loca, y eso que quedaba la traca final.
Amaral, Carlos Goñi, el aclamado Manolo García y algunos artistas patrios más se sucedieron en las tablas para arropar al rey del rock español que, junto al inconmesurable Rosendo, bordó ‘Maneras de vivir’. Al final, tras dos horas y media de pura adrenalina rocanrolera, invadieron todos el escenario para entonar el ‘Bye, bye Ríos Adiós’. Y, casi obligado por su insaciable público, Miguel Ríos se despidió hasta hoy con ‘El himno de la alegría’. Esto no ha hecho más que empezar.

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