Mensaje de Navidad de D. Ginés García Beltrán, obispo de Guadix

Obispo de Guadix
Obispo de Guadix

Al llegar la Navidad pienso en cada uno de vosotros, queridos hermanos y hermanas, los que formáis esta comunidad diocesana de Guadix, y, junto a vosotros, en cada uno de los hombres y mujeres de buena voluntad que sin compartir nuestra fe sois compañeros en el camino de la vida.

Para todos, mi saludo en el Señor.

La Navidad como memoria nos traslada al comienzo de nuestra era, hace más de dos mil años, a una pequeña ciudad de Judá, Belén, para contemplar la escena siempre entrañable del nacimiento de un niño. Un niño envuelto en pañales y reclinado en un pobre pesebre porque no había sitio en la ciudad. Lo cuidan, con la mirada y con el asombro, su madre María y su esposo José. Pero en la historia de este nacimiento en Belén hay más personajes, los ángeles, los pastores, y hasta unos magos de oriente; es decir, que en torno a aquel niño se unen el cielo y la tierra, y esa tierra en la que habitamos se hace más hogar para congregar a los pueblos que estaban dispersos.

Pero, ¿quién es este niño que concita el interés de los humildes y de los de corazón sincero? Es Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre. En aquella pobreza de la periferia de Belén se ilumina la oscuridad del mundo con la luz de la divinidad y brilla la esperanza que la humanidad ha ido dejando por el camino. Dios se hace uno de nosotros, asume nuestra carne de pecado para liberarnos de su aguijón eterno. Al asumir nuestra pobreza nos regala su riqueza y nos otorga la herencia de vivir con Dios para siempre.

Belén es siempre memoria de amor, del amor agradecido, del amor que espera la respuesta del amado. Él nos amó primero, nos amó hasta el extremo, para que nosotros podamos amar también como Él nos amó. La Navidad nos recuerda cada año que es necesario hacerse niño, mirar con ojos de niño, y tener los sentimientos de un niño. Desde arriba no se entiende la Navidad, desde el egoísmo y la soberbia no se puede entrar en el misterio de esta fiesta. Muchas veces, ante la parafernalia que montamos en estas fechas habría que preguntarse, pero ¿qué celebramos en Navidad?

Hacer memoria de Belén es la posibilidad de recuperar el verdadero sentido de la Navidad, tantas y tantas veces ocultado bajo las propuestas festivas de una sociedad que vende más que da. Una Navidad sin Jesús es sólo la apariencia de la auténtica Navidad. Os invito a recuperar el verdadero sentido de la Navidad, a poner al Niño Dios en medio de nuestra vida y de la vida de la familia, también en lo público, ¿por qué no?. El pueblo cristiano a lo largo de la historia se ha valido de signos sencillos pero hermosos y evangelizadores: el belén, los villancicos, la fiesta familiar, las obras de caridad especialmente en estos días, y tantas otras, que no debemos perder.

La Navidad es presencia siempre actual del Dios con nosotros. Lo que aconteció un día en Belén de Judea sigue aconteciendo cada día en la fe. Dios viene a nosotros en su Palabra, en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía, y en los hermanos. La Navidad es la clave para aprender a descubrir a Dios en medio del mundo, en la vida de los hombres.

Dios está en la vida corriente; no está en lo grande sino en los pequeños; no lo encontraremos en el ruido bullicioso, sino en el silencio contemplativo; no se mezclará con la arrogancia del poder y el dinero, sino que se mostrará en la humildad y el desprendimiento; no lo encontrarán los que lo quieren comprender en su ciencia, sino los que lo reciben en la gratuidad. Sólo desde un corazón limpio se puede ver a Dios, y todos podemos tener ese corazón limpio con tal que lo deseemos y lo pidamos.

El mensaje de la Navidad es un mensaje para todos los hombres y mujeres sin excepción. Dios es de todos y envió a su Hijo al mundo para que todos los hombres se salven. Por eso, hemos de procurar que la Navidad, esta Navidad, sea para todos sin excepción. La caridad cristiana se debe hacer más operante en estos días para que a nadie le falte lo que Dios pone en el corazón: la alegría y la paz.

Pienso especialmente en tantos a los que se ha privado de la dignidad propia de todo hombre; en los que no tienen libertad o viven en la injusticia; en los que carecen de lo necesario para vivir: paz, vestido, casa, medicinas, trabajo, educación; en las familias rotas y en los niños que son sus principales víctimas; en los jóvenes perdidos en el sin sentido y en los que miran con temor el futuro; en los ancianos solos y sin el cariño de los suyos; en las mujeres víctimas de la violencia; en los esclavizados por cualquier tipo de adicción; en los que viven lejos de sus hogares y en los que sufren el azote de la violencia y de la guerra. En la Navidad el corazón se ensancha para acoger a todos y pedir que se ablande si lo hemos endurecido.

“Entremos en la verdadera Navidad con los pastores, llevemos a Jesús lo que somos, nuestras marginaciones, nuestras heridas no curadas, nuestros pecados. Así, en Jesús, saborearemos el verdadero espíritu de Navidad: la belleza de ser amados por Dios. Con María y José quedémonos ante el pesebre, ante Jesús que nace como pan para mi vida. Contemplando su amor humilde e infinito, digámosle sencillamente gracias: gracias, porque has hecho todo esto por mí” (Francisco. Homilía en la Natividad del Señor, 24 de diciembre de 2016).

A todos os deseo una feliz y santa Navidad. Que el Niño que nace en Belén sea nuestra luz y nuestra esperanza. Que su amor inunde la tierra y su Palabra fecunde todas las cosas. Que todos los hombres y mujeres de la tierra descubran la presencia salvadora de Dios en sus vidas.

¡Feliz Navidad!

+ Ginés, Obispo de Guadix