La casa del duende de Guadix

Casa del duende de Guadix
Casa del duende de Guadix

De un cuento inédito de Torcuato Tárrago y Mateos

Allá por el año de 1830, había en esta población en el Torno de las monjas una casa grande, destartalada y ruinosa, completamente abandonada y al servicio de todo el que quisiera entrar un ella.

¡Quien penetraba! ¡Quién era el valiente! Nadie, en razón a que se le llamaba la casa del duende y no, según los curiosos vecinos, en balde. Efectivamente, en las altas horas de la noche, decían los buenos accitanos que por allí habitaban, se oían ruidos de cadenas, voces broncas, una música especial, danzas, conversaciones, qué sé yo cuántas cosas más, que los tenía aterrados y empequeñecidos.

Aquella casa estaba llena de duendes, brujas y fantasmas y nadie, absolutamente nadie, se atrevía a traspasar sus umbrales, aunque les valiera la salvación de su alma у la bienandanza de sus cuerpos.

Es más, por aquella calle no había bicho viviente que transitara de noche, ni aun los más intrépidos se arrojaban a tal empresa y cuidado que entre aquellos había en gran escala desertores de presidio, jugadores de pequeña y baja estofa, matones de profesión, borrachos recalcitrantes e impenitentes, hombres de pelo en pecho.

Calle del duende
Calle del duende

El horror a los habitantes de la casa tenía sobrecogidos a todos y no había que aventurarse a penetrar allí.

Pero sucedió que una turba de borrachos, de los muchos que en aquel entonces existían aquí, allá y acullá en las poblaciones que por más adelantadas y cultas se tenían, bebieron una noche mosto en gran cantidad y, ya calientes, concibió uno de ellos la idea de hacer una buñolá en la celebérrima casa del duende, idea que fue secundada por todos y se estipuló la imposición de la multa del pago del vino depositado en los estómagos de todos a aquel cobarde, faltón, melindrín que dejara de ir a la casa.

Fueron a las tiendas y compraron el mosto, la harina y el aceite que supusieron se había de gastar en la comilona.

Item más, vieron a una barbiana que entonces vivía al pie de la Torre¬ de Ferro para que les hiciera los guñuelos. Ella opuso resistencia, pero fueron tantas las seguridades que le dieron, ponderaron tanto el valor de la ¬reunión y le brindaron tantas copillas de lo tinto, que aunque no hizo sino desflorarlas en pequeña porción, se le pegó el valor y la decisión de sus anfitriones y todos juntos marcharon a la celebérrima casa.

Se encendió una candela que daba vida, se acercaron los anafres, cacerolas y demás utensilios, se hizo la masa, se vertió el aceite que pronto se puso a punto, la guñolera hechó el primer guñuelo en la perola y a los dos minutos salió de ella redondo, rubio, retostado y apetitoso. Después hizo otro y otro, una fuente y más tarde otra. Los comensales bebían, charlaban, contaban cuentos y se burlaban de los duendes y de las brujas de aquella casa. La guñolera anunció que era preciso traer más aceite porque se había acabado el que se compró y quedaba¬ aún mucha masa, que enguñolar.

Dos de los asistentes sе preparaban a ir por el aceite y cuando cogieron la vasija, de repente, de súbito, sin que nadie se diera cuenta por dónde había penetrado, apareció en la cocina donde estaban un aceitero tan grande como un niño de cinco años con un borriquillo tamaño como un ¬choto, cargado de pellejitos de aceite gritando con voz estentórea ¡quién compra aceite!

Todos fueron presa de terror. ¡El duende!, ¡el duende!, dijeron у echaron a correr por las escaleras abajo presas del terror y del miedo. Allí dejaron lumbre, enseres y buñuelos y nadie osó permanecer un momento siquiera. Algunos estuvieron a la muerte del susto. La casa adquirió peor fama de la que tenía y nadie volvió a entrar en ella en luengos años. ¡Qué habían de entrar! ¿Sería aquello hijo de la imaginación exaltada de los vecinos primero y después de los borrachos?

Es probable, porque la existencia de los duendes, eran cosas de los hombres que hacían miedo para alejar a los demás de los sitios de sus fechorías. La casa se reedificó después y hemos visto en nuestros días que se ha habitado por la familia del médico Palma.

Este cuento lo contó varias veces a1 que lo cuenta hoy su tío don Torcuato Tarrago y Mateos у ¬сomo cuento lo traspasa a la posteridad estampándolo en letras de molde.

GARCI-TORRES (José Mª García-Varela Torres)

NOTA DE JOSÉ RIVERA TUBILLA:
Esta historia o cuento la he tomado de “EL ACCITANO”. AÑO IX, nº 387 de 13-4-1899